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domingo, 8 de febrero de 2026

Maria Winkelmann-Kirch [Una historia más de olvido a propósito del 11F]

 

Fuente

En los libros de historia de la astronomía hay una escena que se repite con demasiada frecuencia. Alguien mira al cielo, encuentra algo nuevo…, y luego su nombre se evapora. A Maria Margaretha Winkelmann —más conocida tras su matrimonio como Maria Winkelmann-Kirch —le ocurrió exactamente eso. Y lo más doloroso es que no fue por falta de talento, ni de trabajo, ni de noches en vela, sino por una razón mucho más prosaica. Nació mujer en la Europa de las academias y el machismo. Una educación «impropia» para una chica y por eso mismo excepcional

Maria nació el 25 de febrero de 1670 en Panitzsch, cerca de Leipzig. Su padre, un pastor luterano, hizo algo casi subversivo para la época, la educó con la misma seriedad que a un hijo varón. Aquella base, que incluía lectura, cálculo y disciplina, le permitió entrar por una puerta lateral al mundo científico mediante un reputado astrónomo.

Ese astrónomo fue Christoph Arnold, un observador autodidacta famoso por su habilidad para detectar cometas. Con Arnold, Maria no aprendió la astronomía «de salón», sino astronomía de verdad. Aquella que se basa en mirar, registrar, calcular y repetir. En 1692 se casó con Gottfried Kirch, astrónomo profesional. Y aquí aparece un detalle que hoy se nos suele escapar. En aquella época, una parte crucial de la astronomía era la producción de calendarios y efemérides. No eran meras hojas con santoral sino eran herramientas económicas y políticas. Un calendario bien calculado significaba prestigio, navegación más segura, agricultura mejor planificada… y también dinero, porque en Prusia y Brandeburgo el calendario podía ser un monopolio ligado a instituciones científicas.

Maria trabajó durante años como lo que los documentos llaman «asistente», palabra elástica donde las haya. Observaba, calculaba, corregía, y en ocasiones directamente sostenía el trabajo cuando su marido enfermaba. Su firma, sin embargo, casi nunca era la que aparecía en portada.

En abril de 1702, Maria realizó una observación decisiva: detectó un nuevo cometa, el que hoy se cataloga como C/1702 H1. Fue un hallazgo real, técnico, de los que exigen paciencia y ojo entrenado. Y, sin embargo, el reconocimiento formal quedó envuelto en la bruma... publicaciones con el nombre de su marido, atribuciones confusas y el viejo reflejo de la época de considerar «normal» que el crédito viajara hacia el hombre.

Lo importante, más allá del quién llegó antes que tanto nos seduce en la historia de los descubrimientos, es lo siguiente: Maria estaba en la primera línea de la astronomía observacional. No como aficionada pintoresca, sino como profesional en toda ley, aunque sin el título.

El gran golpe llegó tras la muerte de Gottfried Kirch (1710). Maria pidió ocupar el puesto de su esposo en la Academia de Ciencias de Berlín para poder mantener a su familia y continuar el trabajo. Incluso contó con el apoyo de Leibniz, que entendía perfectamente lo que valía aquella astrónoma.

Pero la respuesta fue un «no» que hoy suena a sentencia cultural. No querían sentar precedente. Admitir a una mujer no era solo contratar a una persona competente; era abrir una grieta en el muro. Y las academias, nacidas para impulsar la ciencia moderna, también ayudaron —paradójicamente— a institucionalizar la exclusión. Ese episodio está muy bien estudiado en historia social de la ciencia, no fue una anécdota, fue un mecanismo. Pero Maria siguió trabajando y publicando, a veces bajo patronazgo privado, a veces en la periferia de la institución que había ayudado a sostener. Murió en 1720 en Berlín. Tenía 51 años.


Cada 11 de febrero celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Y conviene recordarlo: no es solo un día para animar vocaciones, que también. Es un día para arreglar el pasado, porque el pasado mal contado deforma el futuro.

Cuando una niña aprende que el primer cometa importante descubierto por una mujer lleva detrás el nombre de Maria Winkelmann-Kirch, no está solo memorizando un dato, está recuperando una posibilidad. El cielo no cambia por quién lo observe; lo que cambia es quién tiene permiso para firmar el hallazgo.

Así que, si hoy levantamos la vista en una noche clara, quizá podamos imaginar aquella escena de 1702. Una mujer en silencio, tomando notas mientras la ciudad duerme, sabiendo que ha encontrado algo nuevo. Y pensar que el 11F, en el fondo, también va de eso: de que nadie tenga que descubrir un cometa —o una vacuna, o una ecuación— para que otro se quede con su nombre.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Carl Sagan y el invierno nuclear


Hoy, 20 de diciembre, se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Carl Sagan (1934–1996). En este blog lo hemos recordado muchas veces, pero quizá el mejor homenaje no sea contar lo ya contado, sino rescatar una faceta menos conocida y sorprendentemente actual.

Porque Sagan no solo nos enseñó a mirar el cielo. También nos advirtió de lo que podíamos hacernos a nosotros mismos. Y es terrible.

A comienzos de los años ochenta, en plena Guerra Fría, Sagan encabezó —junto a Richard P. Turco, Owen Toon, Thomas Ackerman y James Pollack— una investigación que cambiaría la forma de entender una guerra nuclear. El trabajo, conocido como modelo TTAPS, fue publicado en 1983 en la revista Science bajo un título tan sobrio como inquietante: Nuclear Winter: Global Consequences of Multiple Nuclear Explosions (Invierno nuclear: consecuencias globales de múltiples explosiones nucleares). 

Hasta entonces, el debate sobre las armas nucleares se había centrado casi exclusivamente en la destrucción inmediata: explosiones, radiación, víctimas directas. El estudio introdujo una idea radicalmente distinta y científicamente fundamentada: el verdadero peligro podía llegar después.

Los autores analizaron los incendios masivos que seguirían a una guerra nuclear a gran escala. Millones de toneladas de hollín y humo ascenderían a la atmósfera superior, bloqueando la radiación solar durante meses o incluso años. El resultado sería un descenso brusco de las temperaturas globales, el colapso de la fotosíntesis y una crisis agrícola planetaria.

No se trataba de especulación apocalíptica, sino de modelos climáticos comparables a los que Sagan llevaba años utilizando para estudiar Venus y Marte. La Tierra, por primera vez, era analizada como un planeta vulnerable… también a nuestras propias decisiones.

El concepto de invierno nuclear fue polémico, discutido y refinado, como ocurre con toda buena ciencia, pero su núcleo nunca desapareció. Décadas después, estudios sobre incendios masivos y conflictos nucleares regionales han confirmado que los efectos climáticos globales son plausibles y graves.

Sagan entendió algo esencial, que si la ciencia detecta un riesgo existencial, callar también es una forma de irresponsabilidad.

Por eso llevó sus conclusiones fuera de los laboratorios. Compareció ante el Senado de Estados Unidos, escribió artículos divulgativos y habló en medios de comunicación explicando que la disuasión nuclear descansaba sobre una peligrosa ilusión de control tecnológico. Lo hacía desde una posición incómoda, la del científico que no separa el conocimiento de sus consecuencias éticas.

Hay una coherencia profunda en esta historia. El mismo investigador que ayudó a explicar el efecto invernadero desbocado de Venus fue quien alertó de un enfriamiento global autoinfligido en la Tierra. Para Sagan, estudiar otros mundos nunca fue una evasión romántica, sino una manera de entender hasta qué punto un planeta habitable es frágil.

La exploración del cosmos, insistía, no nos hace más poderosos. Nos hace más responsables.


En una entrevista televisada, Carl Sagan dejó una de las metáforas más certeras sobre la carrera armamentística nuclear:

«Imaginemos una habitación inundada de gasolina. En ella hay dos enemigos implacables. Uno tiene 9.000 cerillas. El otro tiene 7.000… Esa es exactamente la situación en la que nos encontramos.»

Hoy, casi treinta años después de su muerte, la frase sigue siendo actual e inquietante...

Recordemos a Carl Sagan en este aniversario, porque no es solo celebrar su capacidad para despertar asombro. Es también una manera de reivindicar su valentía intelectual para decirnos que la inteligencia tecnológica sin sabiduría moral puede convertirse en una amenaza evolutiva.

Y que, en ciencia como en la vida, mirar al cielo no sirve de nada si olvidamos cuidar el suelo que pisamos. 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Jane Marcet, la divulgadora favorita de Michael Faraday

Retrato de Jane por Edgar Fahs, Smith Collection (University of Pennsylvania)

 
Jane Haldimand Marcet (1769-1858) nació en Londres en una familia culta con raíces suizas. Recibió una educación exquisita en su casa, junto a sus hermanos, en latín, historia y en ciencia natural, una rareza para una mujer en esa época. Pero fue porque su padre creía en una educación más amplia para sus hijos sin distinciones. 

Aunque no fue lo que se dice «química de laboratorio» en sentido académico (las mujeres tenían, por desgracia, vetado el acceso a las universidades), Marcet desarrolló una curiosidad insaciable por entender la ciencia que escuchaba en tertulias y conferencias públicas en Londres. Asistió a las famosas charlas de Humphry Davy en la Royal Institution y se dio cuenta de que muchas de las ideas que se presentaban allí eran hermosas, pero inaccesibles para quienes no tenían formación científica. 

De esa inquietud nació su obra más famosa: Conversations on Chemistry, publicada por primera vez en 1805 (aunque muchas ediciones tempranas no llevaban su nombre). En lugar de un tratado denso, Marcet eligió un formato conversacional: una tutora, Mrs. B., dialoga con dos jóvenes, Caroline y Emily, sobre conceptos como elementos, gases, reacciones e incluso temas que estaban en la frontera del conocimiento de su tiempo. Lo que Marcet hacía era simplemente desmontar la jerga y devolver la química a lo esencial: curiosidad, ejemplos cotidianos y claridad explicativa.

 

 
El impacto de este libro fue enorme. Se reeditó decenas de veces en Inglaterra y Estados Unidos, y fue usado como texto introductorio de química durante décadas. Pero hay una anécdota histórica que a mí me conmueve especialmente. Una copia de este libro llegó a las manos de un aprendiz de encuadernador llamado Michael Faraday cuando era adolescente. Faraday, que carecía de educación formal, leyó el libro con avidez y reconoció más tarde que Conversations on Chemistry fue la chispa que encendió su vocación científica. Faraday se convertiría, con el tiempo, en uno de los más grandes físicos y químicos de la historia, precisamente explorando la electricidad y el magnetismo, campos que entrañaban profundas implicaciones químicas y físicas.

Ese es el poder de la buena divulgación científica, la que no solo transmite conocimientos sino que puede cambiar vidas. Marcet no estaba redactando para ganar un Nobel, estaba escribiendo para compartir la belleza de la ciencia con quien tuviera curiosidad. Y lo logró con una prosa franca, exenta de pedantería y ornamentos, que hoy nos sigue pareciendo moderna.

Además de química, escribió sobre economía, botánica o filosofía natural, siempre con la misma intención. La de hacer accesible la comprensión de aspectos complejos a través de la conversación, el ejemplo y la claridad. No la olvidemos.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Oliver Heaviside, el olvidado traductor del electromagnetismo

 



Hay personajes en la historia de la ciencia que parecen haber nacido para ocupar un discreto segundo plano, aunque sus ideas hayan cambiado el mundo. Oliver Heaviside (1850–1925) es uno de ellos. No aparece en las camisetas de ciencia, no protagoniza series, apenas suena en las facultades más allá de una mención rápida. Y, sin embargo, buena parte de lo que hoy llamamos tecnología moderna —teléfonos, radio, transmisión eléctrica, ingeniería de señales— está construido sobre su manera de pensar.

Heaviside nació en Camden Town, Londres, en una familia más bien pobre. De niño sufrió escarlatina, que le dejó una sordera progresiva. Ese aislamiento forzado marcó su carácter solitario, pero también lo empujó hacia los libros, donde encontró un universo más amable que la sociedad victoriana. De adolescente cayó en sus manos el monumental tratado del genial nerd James Clerk Maxwell sobre electricidad y magnetismo. No era precisamente una lectura ligera: veinte ecuaciones en componentes, una estructura matemática densa y una presentación más cercana a la metafísica que a la ingeniería. Pero Heaviside vio en aquel laberinto una belleza que muchos contemporáneos no fueron capaces de reconocer.

Su gran mérito —y probablemente la razón por la que su nombre debería estar mucho más alto en la historia de la ciencia— fue simplificar lo complejo. A partir de 1884 reformuló toda la teoría de Maxwell en el lenguaje de los vectores, condensando aquel bosque casi impenetrable en las cuatro ecuaciones de Maxwell tal y como las aprendemos hoy. Se suele decir que Maxwell creó la sinfonía y Heaviside la afinó para que sonara en todas partes. Sin esa simplificación, el electromagnetismo quizá habría tardado décadas en volverse operativo para los ingenieros.
 


Pero Heaviside vivió siempre en los bordes del sistema científico. No tenía titulación universitaria, no ocupó un puesto académico y trabajó desde su casa —primero en Londres, luego en Devon—, rodeado de papeles, instrumentos y, según las anécdotas, incluso paredes recubiertas de zinc para «protegerse» de interferencias. Hoy sería el prototipo de investigador independiente al que nadie sabría muy bien si financiar o no, pero que acaba revolucionando tres disciplinas a la vez.

Sus aportaciones fueron muchas y casi siempre adelantadas a su tiempo. En teoría de líneas de transmisión, explicó por qué los cables telegráficos distorsionaban las señales y propuso una solución que cambiaría las telecomunicaciones: añadir bobinas de carga (loading coils) para compensar la dispersión. No se le hizo mucho caso al principio, pero cuando las grandes compañías probaron la idea descubrieron que funcionaba. De repente, distancias que parecían imposibles se volvieron rutinarias.

En 1902 dio otro salto audaz: predijo que debía existir una capa electrificada en la atmósfera, capaz de reflejar ondas de radio y permitir comunicaciones a miles de kilómetros. Lo hizo de manera independiente al estadounidense Arthur Kennelly. Décadas después, cuando se pudo confirmar, la llamaron capa Kennelly–Heaviside. Hoy sabemos que es parte de la ionosfera, pero el debate sobre quién la anticipó primero rara vez llega al gran público. De nuevo, Heaviside quedaba en segundo plano.

Otro de sus legados, quizá menos vistoso pero igual de profundo, fue el cálculo operacional, un método que permitía manipular operadores diferenciales como si fueran cantidades algebraicas. Sus contemporáneos lo miraron con recelo; les parecía una herejía matemática. Pero a los ingenieros les resultó extraordinariamente útil, y años más tarde se reconoció que aquello era básicamente una forma temprana de lo que hoy conocemos como transformada de Laplace aplicada a circuitos.

¿Por qué un personaje tan decisivo se diluyó en la memoria colectiva? Probablemente por una mezcla de factores: su carácter excéntrico y poco sociable, la falta de un puesto institucional, la dificultad para encajar en un mundo académico que desconfiaba de los autodidactas. Pero también porque sus aportaciones eran tan prácticas, tan orientadas a resolver problemas reales, que muchos las dieron por hechas sin preguntarse quién había tenido la idea original.

Recordar a Oliver Heaviside es un acto de justicia, pero también supone una invitación a repensar cómo funciona la ciencia. Porque no siempre se avanza desde los grandes laboratorios ni desde los despachos universitarios. A veces se hace desde la mesa del comedor de alguien que, armado con lápiz, intuición y una determinación casi heroica, decide que las ecuaciones de Maxwell pueden escribirse mejor y que las señales pueden viajar más lejos.

Y en este caso, tenía razón.
 
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Más información relacionada en EPAP:
 
 

domingo, 30 de junio de 2024

Hans Bethe

 


Hans Albrecht Bethe (1906-2005) fue un físico teórico alemán-estadounidense cuyas contribuciones a la física y la astrofísica fueron fundamentales en el siglo XX. Bethe nació en Estrasburgo, que en ese momento formaba parte del imperio alemán. Su padre era un anatomista judío y su madre provenía de una familia cristiana alemana.

Bethe estudió física en la Universidad de Frankfurt y la Universidad de Múnich, donde obtuvo su doctorado en 1928 bajo la supervisión de Arnold Sommerfeld. Tras obtener su doctorado, Bethe trabajó en diversas instituciones académicas en Europa, incluyendo el Instituto de Tecnología de Karlsruhe y la Universidad de Tubinga.

En 1933, con el ascenso del nazismo en Alemania, Bethe, siendo de ascendencia judía, se vio obligado a abandonar su país. Emigró primero al Reino Unido, donde trabajó en la Universidad de Manchester, y luego a Estados Unidos en 1935, donde se unió a la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York. En Cornell, Bethe se convirtió en una figura destacada en la física teórica.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Bethe fue un miembro clave del Proyecto Manhattan, trabajando en el Laboratorio Nacional de Los Álamos. Fue jefe de la División Teórica y jugó un papel crucial en el desarrollo de la bomba atómica. Su trabajo incluyó la teoría de la difusión y la fusión nuclear, que fueron vitales para el éxito del proyecto. Aparece brevemente en la película Oppenheimer (2023).

Después de la guerra, Bethe volvió a Cornell y continuó haciendo importantes contribuciones a la física. En 1967, recibió el Premio Nobel de Física por su trabajo sobre la producción de energía en las estrellas. Bethe desarrolló la teoría del ciclo de Bethe-Weizsäcker, que explica cómo las estrellas convierten hidrógeno en helio y generan energía a través de la fusión nuclear.

Bethe también tuvo un papel activo en la política científica y el desarme nuclear, abogando por el control de armas y el uso pacífico de la energía nuclear. Fue asesor científico de varios gobiernos y un firme defensor de la responsabilidad ética de los científicos.

A lo largo de su carrera, Bethe recibió numerosos honores y premios, incluyendo la Medalla Nacional de Ciencia de Estados Unidos y la Medalla Enrico Fermi. Continuó activo en la investigación y la enseñanza hasta su muerte, siendo una fuente de inspiración para generaciones de físicos.

Hans Bethe falleció el 6 de marzo de 2005 en Ithaca, Nueva York, a la edad de 98 años. Su legado perdura a través de sus contribuciones fundamentales a la física y su compromiso con la ética científica. Un grande. Y como muestra de ello, no os perdáis esta lista de reproducción de vídeos de Youtube. 


sábado, 18 de mayo de 2024

'Hard-luck' Scheele



Carl Wilhelm Scheele nació el 9 de diciembre de 1742 en Stralsund, Suecia (actual Alemania) y se le considera como uno de los químicos más influyentes del siglo XVIII. A pesar de que su nombre no es tan conocido como otros gigantes de la química, sus descubrimientos tuvieron un impacto significativo en la ciencia y la industria. Su vida y obra ofrecen una fascinante visión de la química en su estado naciente, y sus logros fueron cruciales para el desarrollo de la química moderna.

Primeros años y formación

Scheele nació en el seno de una familia de comerciantes. Desde joven mostró un interés notable por la química, influenciado en gran parte por su hermano, quien también se dedicaba a esta disciplina. A los 14 años, Karl Wilhelm fue enviado a Gotemburgo como aprendiz del farmacéutico Martin Anders Bauch. Durante este periodo, Scheele aprovechó cada oportunidad para aprender y experimentar con sustancias químicas.

La formación que recibió de Bauch fue fundamental, proporcionándole acceso a un laboratorio y la libertad para realizar sus propios experimentos. Scheele se convirtió en un autodidacta excepcional, estudiando obras de renombrados químicos como Johann Rudolf Glauber y Andreas Marggraf. La curiosidad insaciable y la dedicación de Scheele lo llevaron a realizar experimentos con sustancias que otros químicos de la época apenas se atrevían a tocar.

Descubrimientos notables

Oxígeno

Uno de los logros más importantes de Scheele fue el descubrimiento del oxígeno. Aunque comúnmente se acredita a Joseph Priestley y Antoine Lavoisier con este descubrimiento, Scheele lo aisló de manera independiente alrededor de 1772, antes que Priestley y Lavoisier. Scheele denominó al oxígeno «aire de fuego» debido a su capacidad para sostener la combustión. Sin embargo, debido a retrasos en la publicación de sus hallazgos, no obtuvo el reconocimiento inmediato por este descubrimiento.

Cloro

Scheele también fue el primero en identificar y describir el cloro en 1774. Lo descubrió a través de la reacción del ácido clorhídrico con el mineral pirolusita (dióxido de manganeso). Llamó al gas resultante "aire de ácido marino desflogisticado". Más tarde, Sir Humphry Davy confirmaría que se trataba de un elemento nuevo, dándole el nombre de cloro.

Ácido Cítrico

En 1784, Scheele aisló el ácido cítrico de los limones (no sabemos si los de Murcia), lo que tuvo importantes implicaciones para la química y la industria alimentaria. Este descubrimiento permitió una mejor comprensión de los ácidos orgánicos y sus propiedades, y facilitó su uso en diversas aplicaciones industriales.

Glicerina

Scheele descubrió la glicerina en 1779 al calentar una mezcla de aceite de oliva y óxido de plomo. Este compuesto, que él llamó "aceite dulce de Scheele", se convirtió en un componente vital en la industria farmacéutica y cosmética.

Otros descubrimientos

Scheele tuvo una carrera prolífica con numerosos otros descubrimientos, incluyendo el ácido láctico, el ácido tartárico, el ácido oxálico y el ácido arsénico. Además, fue el primero en identificar varios compuestos de mercurio y bario. Su habilidad para aislar y caracterizar nuevas sustancias fue incomparable en su época, y su trabajo sentó las bases para la química analítica moderna.

Contribuciones a la química moderna

Los métodos experimentales de Scheele y su enfoque sistemático para la investigación química influyeron profundamente en la química moderna. Fue uno de los primeros en adoptar y perfeccionar técnicas como la destilación y la cristalización para purificar compuestos. Su trabajo ayudó a establecer la importancia de la experimentación precisa y repetible en la investigación científica.

Oliver Sacks y Scheele

El gran neurólogo y escritor Oliver Sacks escribió sobre Scheele en su libro El tío Tungsteno: Recuerdos de un niño químico. Sacks admiraba profundamente a Scheele, considerándolo uno de los grandes héroes de la química. Destacaba la increíble capacidad de Scheele para realizar descubrimientos significativos con recursos limitados y en un ambiente relativamente aislado.

Sacks mencionó cómo Scheele, trabajando en su modesto laboratorio de farmacia, realizó experimentos que desentrañaron los misterios de la química. Admiraba la creatividad y la intuición de Scheele, así como su incansable dedicación a la ciencia. Para Sacks, Scheele representaba la esencia misma de la curiosidad científica y el deseo de entender el mundo natural.

Desafíos y peligros de su trabajo

La vida de Scheele no estuvo exenta de desafíos. A lo largo de su carrera, enfrentó numerosos peligros debido a la toxicidad de los materiales con los que trabajaba. Sin las precauciones de seguridad modernas, Scheele manipulaba compuestos peligrosos como el mercurio y el cianuro, lo que eventualmente afectó su salud.

En 1786, Scheele falleció a los 43 años, probablemente debido a su constante exposición a sustancias tóxicas. A pesar de su temprana muerte, su legado perdura en la vasta cantidad de descubrimientos que realizó y en la inspiración que brindó a futuras generaciones de químicos.
El Legado de Carl Wilhelm Scheele

El impacto de Scheele en la química es incuestionable. Sus descubrimientos de elementos y compuestos químicos fundamentales proporcionaron la base para numerosos avances científicos y tecnológicos. Su enfoque meticuloso y su habilidad para identificar nuevas sustancias cambiaron la manera en que se entendía y practicaba la química.

Scheele fue un pionero cuya obra influyó en figuras clave de la química como Antoine Lavoisier, quien revolucionó la química con la teoría del oxígeno y la combustión. Aunque Scheele no recibió el mismo nivel de reconocimiento que Lavoisier durante su vida, sus contribuciones fueron cruciales para el desarrollo de la química como ciencia moderna.

Podéis verme hablando del bueno de Hard-luck Scheele, como lo llamaba Asimov, en esta charla de 2015: https://www.eitb.eus/es/divulgacion/naukas-bilbao/videos/detalle/3467928/video-naukas-bilbao-2015--daniel-torregrosa/

viernes, 5 de abril de 2024

'Ese punto azul pálido' cumple catorce años

Catorce años que han pasado volando. Y la sensación de que aunque el blog no se actualice con la frecuencia que os merecéis, seguís ahí. ;)

Si el año pasado os contaba una novedad en el post de aniversario, este año no va a ser menos... Y pensaréis: ¿Otro libro? Pues va a ser que sí. 

En apenas dos semanas estará en vuestra librería de barrio favorita El olor de las almendras amargas. Un paseo por la ciencia de los venenos y su presencia en el arte y la ficción, publicado por Menoscuarto. Os dejo la cubierta en primicia. :)



Y poco más que decir, que espero os guste. Iré informando sobre el lanzamiento por aquí y por las redes sociales. 

Mil gracias por todo, queridos supervivientes de la blogosfera. 

Besos y abrazos


viernes, 10 de noviembre de 2023

'Parásitos', de Concha Mesa y José Antonio Garrido [Reseña]



Este excelente libro que acaba de publicar la editorial Pinolia arroja luz sobre un tema a menudo pasado por alto, pero muy importante en nuestras vidas: los parásitos. Parásitos. Los actores secundarios en nuestra historia ofrece una perspectiva única y extensa, dentro del género de la divulgación científica, sobre cómo los parásitos han jugado un papel importante en la historia de la humanidad y del mundo natural.

Concha Mesa y José A. Garrido, profesores de la universidad de Almería, nos regalan un análisis científico e histórico riguroso y detallado de la presencia de todo tipo de parásitos en nuestro entorno: suelo, agua, productos de alimentación (carne y pescado), mascotas... Y nos explican de manera brillante, como la mejor de las novelas, cómo estas criaturas microscópicas no solo afectan la salud de las plantas y los animales, sino que también tienen un impacto inesperado en nuestra sociedad,  la agricultura y los ecosistemas terrestres.

El capítulo que más me ha gustado es el que dedican a la malaria. Mesa y Garrido profundizan, con un grado de lirismo inigualable, en el papel de las especies del género Plasmodium y su influencia en la historia de la humanidad. 

Solo pondré una pega: el subtítulo del libro no le hace justicia una vez leído. Estas criaturas tienen un papel protagonista en nuestra historia, para bien o para mal. 

En definitiva, es una lectura de lo más recomendable. No os la perdáis. :-)

sábado, 14 de octubre de 2023

'Diccionario del asombro', de Antonio Martínez Ron [Reseña]

Hace mucho tiempo llegué por casualidad a una web (o blog) que hizo renacer mi curiosidad por la cultura. Tras años de sequía lectora de ensayos, aquel blog (o web) me reconcilió con el género, me animó a leer otros libros, a ver documentales, escuchar podcast, y a algo más importante que llegaría pocos años después. Fue una de mis inspiraciones para crear mi propio blog (sigue siendo un blog). Este blog que está delante de ti, querido/a lector/a, ahora mismo. 

La web era Fogonazos. Un espacio inclasificable que prometía un asombro diario. Y lo conseguía. Y el autor, Antonio Martínez Ron. El resto es historia de la divulgación en nuestro país y germen de decenas de proyectos, bifurcaciones, sinergias y la forja de una leyenda. Desde aquí, mi agradecimiento personal al trabajo de dos décadas de Antonio, del que me siento orgulloso de poder llamarlo amigo. A él y a su fabulosa familia.

Su último libro, Diccionario del asombro. Una historia de la ciencia a través de las palabras, es una delicia tanto en la redacción como en la edición. Respecto a esto último, la edición, os dejo unas fotos (soy mal fotógrafo) para que os hagáis una idea. 




Ficha del libro

Aunque lo mejor es que acudáis a vuestra librería favorita para tocarlo y comprarlo.

En cuanto a su contenido, se trata de un diccionario de la A a la Z, con apéndices que amplían los asombros. Antonio nos propone un paseo, bendecido por las musas de las artes y las ciencias, con un capítulo por palabra. Todo ello documentado de forma cronológica para obtener un contexto y perspectiva histórica. Encontraremos términos científicos que sirven como puentes hacia historias fascinantes que nos transportan a lo largo de la historia de la ciencia, nos emocionaremos con sus personajes, sus retos, motivaciones... Y disfrutaremos con el estilo evocador, de amor a la ciencia, al que nos tiene acostumbrados Antonio. 

Eclipse, fósforo, índigo, microscopio, neurona, ultravioleta, xenobiótico..., son solo algunas de las puertas hacia el asombro. Unas puertas que, cuando éramos pequeños, nos abrían nuestros padres...



domingo, 17 de septiembre de 2023

'Química asombrosa' en A HOMBROS DE GIGANTES (RNE)

Hace un par semanas volví al programa de divulgación científica más longevo de la radio española. Si ya estuve en la Casa de la Radio cuando salió a la venta mi libro Del mito al laboratorio, ahora le ha tocado el turno a Química asombrosa.  Me sentí muy cómodo en esta entrevista. Manuel Seara lo hace fácil. Espero que os guste. :-)



Enlace en la web de RTVE: https://www.rtve.es/play/audios/a-hombros-de-gigantes/hombros-gigantes-vida-fisica-quimica-02-09-23/6946713/

sábado, 2 de septiembre de 2023

Una pequeña reflexión sobre los libros de divulgación [Ft. Bertrand Russell]

 


Los supervivientes lectores y lectoras de esta humilde bitácora conocen mi particular admiración por la vida y obra de Bertrand Russell, al que he dedicado casi una decena de entradas (podéis encontrarlas usando el buscador del blog). 

A Russell le debo mi pasión por la lectura, a la que considero una actividad central en mi vida. Desde las primeras inscripciones en las paredes de las cavernas hasta la proliferación de libros y medios digitales en la era contemporánea, la lectura ha sido un vehículo fundamental para la transmisión de conocimiento y la expansión de la mente. Russell, con La perspectiva científica y Asimov con sus ensayos cortos fueron los que me iniciaron en la lectura, en particular, de libros de divulgación.

Uno de los aspectos que más valoro de los libros de divulgación, a lo largo de toda su historia, es su capacidad para democratizar el conocimiento. En un mundo donde la información estaba en manos de unos pocos y en la actualidad es dispersa y confusa, los libros de divulgación actúan como faros de sabiduría accesibles para todos. Al permitir que las complejidades de la ciencia, la filosofía, la historia y otros campos se presenten de manera accesible, estos libros llevan el conocimiento a la sociedad. Lo importante es, como estarás pensando, elegir bien. Obvio, pero de eso ya hemos hablado por aquí y en mil sitios más. Hoy no toca. 

La lectura de libros de divulgación no solo proporciona información, sino que también estimula el pensamiento crítico al presentar diferentes enfoques y argumentos. Los lectores son desafiados a cuestionar sus creencias y a explorar nuevas ideas.

Otro aspecto importante de la lectura de libros de divulgación es su capacidad para inspirar el interés por la exploración intelectual. Los libros de divulgación, al llevar al lector a un viaje de descubrimiento, despiertan esa curiosidad innata. Ya sea explorando los misterios del universo en un libro de astronomía o desentrañando la complejidad de la mente humana en un libro de neurociencia, la lectura de divulgación nos puede embarcar en un viaje de fascinación, emoción y diversión.

Además, la lectura de libros de divulgación puede servir como un puente entre los campos académicos y el público en general. Russell, a lo largo de su vida, abogó por la necesidad de comunicar ideas complejas de manera accesible para el público fuera de los ámbitos más académicos. Los libros de divulgación cumplen con este propósito al traducir conceptos complejos en un lenguaje comprensible y con la utilización de analogías y ejemplos cotidianos. De esta manera, amplían la audiencia interesada en el conocimiento y crean un espacio donde el público no especializado puede participar en conversaciones intelectuales de cierto nivel.

En este mundo cada vez más disparatado y complejo, repleto de información, la lectura de libros de divulgación se erige como una luz en la oscuridad, parafraseando a Carl Sagan, un faro que guía a las mentes ávidas de conocimiento hacia un horizonte más iluminado y comprensible... Solo es un deseo. 

martes, 29 de agosto de 2023

Giordano Bruno

 

Campo de' Fiori, agosto 2018


En el vasto panorama de la historia del pensamiento, pocos nombres han inspirado tanto como Giordano Bruno. Nacido en 1548 en Nola, Italia, este pensador renacentista desafió con valentía los confines de la ortodoxia religiosa y los límites de la razón en una época en que los desafíos tenían consecuencias trascendentales. La vida de Bruno es una mezcla cautivadora de exploración intelectual audaz y lucha implacable contra las convicciones arraigadas de su tiempo.

Desde sus primeros años, Bruno mostró una inclinación innata hacia el cuestionamiento y la búsqueda de la verdad. Ingresó a la Orden Dominicana, pero pronto se encontró en desacuerdo con las enseñanzas dogmáticas de la Iglesia Católica. Su búsqueda lo llevó a recorrer Europa, entablando debates fervientes y menudo políticos con las figuras más influyentes de su época. Bruno sostenía la creencia en la infinitud del universo y la existencia de múltiples mundos habitados, ideas que lo llevaron a colisionar con las opiniones establecidas de un cosmos centrado en la Tierra.

Fue en sus años de estancia en Londres donde Bruno desarrolló una relación peculiar con la Universidad de Oxford y su escena intelectual. Aunque sus enseñanzas radicales y su estilo provocativo generaron tanto admiración como antagonismo, no cabe duda de que su influencia dejó una huella duradera en el pensamiento de la época. Sus escritos sobre la naturaleza de la realidad, la relación entre la razón y la fe, y la necesidad de una libertad de pensamiento sin restricciones allanaron el camino para la transformación de la filosofía y la ciencia en los siglos venideros.

Sin embargo, el legado de Giordano Bruno no se limita únicamente a su apoyo al pensamiento libre y racional. Su postura contraria a la religión tradicional y su rechazo de las doctrinas eclesiásticas lo llevaron a enfrentar las consecuencias más sombrías de su época. En 1600, Bruno fue acusado de herejía por la Inquisición Romana y llevado a juicio. Su defensa apasionada de sus ideas y su negativa a retractarse de sus creencias lo condenaron a la hoguera. Aunque su martirio dejó una marca indeleble en la historia, también sirvió como un sombrío recordatorio de los peligros inherentes a la lucha por la verdad en un mundo donde la ortodoxia religiosa aún sostenía un poder abrumador.

La vida de Giordano Bruno nos presenta un relato complejo de determinación, rebeldía y coraje intelectual. A través de su enfrentamiento con las autoridades religiosas y sus innovadoras exploraciones filosóficas, Bruno encarnó la esencia misma de la lucha por la libertad de pensamiento y la búsqueda incansable de la verdad. Su legado perdura como un faro de inspiración para quienes se atreven a cuestionar las normas impuestas y se esfuerzan por ampliar los límites del conocimiento humano.

En última instancia, Giordano Bruno nos recuerda que el camino de la razón a menudo está marcado por obstáculos y peligros, pero es una senda que no debe ser evitada. Su espíritu inquebrantable y su disposición a enfrentar la adversidad en favor de la verdad nos invita a cuestionar, a explorar, y a no aceptar nunca un mundo donde la mente esté aprisionada. En ese sentido, Bruno sigue siendo un referente de la razón y un modelo de valentía intelectual para una época convulsa como la que estamos viviendo.

sábado, 12 de agosto de 2023

El viaje de Earendel, la estrella más lejana (con permiso de Tolkien)

Salve, Earendel, el más brillante de los ángeles.
Enviado a los hombres sobre la tierra media.
          —«Christ I», anónimo (versos 104-105).

El telescopio espacial James Webb no deja de sorprendernos y de darnos alegrías. La última es esta imagen de Earendel, la estrella más lejana que conocemos.

Earendel fue descubierta el año pasado por el telescopio espacial Hubble. La luz que vemos de esta estrella ha tardado 12.900 millones de años en llegar a la Tierra, lo que significa que la existía solo mil millones de años después de que el Big Bang diera origen a nuestro universo. Sin embargo, Earendel no se encuentra a 12.900 millones de años luz de nosotros, ya que la expansión del universo (del espacio) hace que lo que fue esa estrella, porque desaparecería hace mucho tiempo, está a 28.000 millones de años luz de la Tierra. Cifras abrumadoras, sin duda. Pensad en ello.

En su momento, el telescopio Hubble fue capaz de detectar Earendel gracias a un fenómeno conocido como lente gravitatoria (o gravitacional), en el que la gravedad de un objeto masivo en primer plano actúa como una lente al deformar el tejido mismo del espacio y el tiempo, curvando y haciendo más brillante la luz de un cuerpo más distante a medida que pasa. El equipo del James Webb utilizó como lente el cúmulo WHL0137-08, que actúa como una suerte de gigantesco espejo cósmico que dobla y amplifica la luz proveniente de Earendel, permitiendo a los instrumentos captar imágenes y datos mucho más detallados y profundos de lo que sería posible de otra manera. El resultado es brutal. 

Earendel debe su nombre a un personaje de la obra de J.R.R. Tolkien que aparece en El viaje de Eärendel y luego se incorporó a El Silmarillion, precuela de El Hobbit y de la inmortal trilogía de El Señor de los Anillos. Y puede que no esté sola. Basándose en los colores de la estrella, los astrónomos ven indicios de la potencial presencia de una estrella compañera, más fría y roja.

La presencia de una compañera estelar no sería en absoluto una revelación inesperada. Más bien, sería un hermoso añadido a la sinfonía celestial que nos recuerda la riqueza y diversidad que el universo tiene para ofrecernos con los ojos de este prodigio tecnológico que tenemos orbitando a más de un millón y medio de kilómetros de la Tierra. Ahora la pregunta es... ¿cuándo veremos un poco más lejos?

sábado, 5 de agosto de 2023

El Hubble sigue vivo [Imagen del cúmulo globular NGC 6652]


Pues sí, ya sé que nuestro 'ojito derecho' es el telescopio espacial James Webb, y con motivo porque es brutal, pero nuestro querido Hubble sigue vivo. Y tan vivo. 

Mirad con atención y ampliad esta imagen porque merece la pena:

Fuente | NASA


La imagen anterior muestra el resplandeciente y deslumbrante contenido del cúmulo globular NGC 6652, un conjunto de estrellas capturado por el Telescopio Espacial Hubble de la NASA/ESA. La región central del cúmulo brilla con un suave tono azul, iluminada por una multitud de estrellas, mientras que algunas estrellas cercanas resplandecen intensamente, presentando puntas de difracción que se entrecruzan. NGC 6652 se localiza en la constelación de Sagitario dentro de nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, a una distancia de casi 30.000 años luz de la Tierra y a solo 6500 años luz del núcleo galáctico.

Los cúmulos globulares son agrupaciones estables y fuertemente unidas por la gravedad, compuestas por un rango de decenas de miles a millones de estrellas. La intensa fuerza gravitatoria entre estas estrellas cercanas es lo que confiere a estos objetos su característica forma esférica.

Según la NASA, esta imagen es el resultado de la combinación de información recopilada por dos de las cámaras más avanzadas del Hubble: la Cámara Avanzada para Encuestas y la Cámara de Campo Amplio 3. Además, se aprovecharon los datos obtenidos de dos programas de observación distintos, llevados a cabo por equipos de astrónomos diferentes. Uno de los equipos se enfocó en el estudio de los cúmulos globulares de la Vía Láctea, con el propósito de arrojar luz sobre aspectos que abarcan desde la edad de estos objetos hasta el potencial gravitatorio de la galaxia en su conjunto. El segundo grupo de astrónomos empleó tres filtros altamente sensibles en la Cámara de Campo Amplio 3 del Hubble para analizar las proporciones de carbono, nitrógeno y oxígeno en cúmulos globulares como NGC 6652. Impresionante, sin duda. Gracias, Hubble. :-)

viernes, 4 de agosto de 2023

Mijaíl Lomonósov, el hijo del pescador





Una de las figuras más desconocidas de la historia de la ciencia es la del polímata ruso Mijaíl Vasilyevich Lomonósov (1711-1765). Al menos para la mayoría de la población, incluso la más implicada en la ciencia y su divulgación. Muchos de los descubrimientos realizados por Lomonósov destacan por adelantarse a los avances científicos posteriores durante varios siglos. Los estudios llevados a cabo por Lomonósov dejaron una impronta indeleble en la configuración de la ciencia en Rusia. La pena es que en aquella época la transmisión de conocimiento no es como ahora. Vamos a recordarlo.

Lomonósov nació en 1711 en la costa del mar Blanco, en una pequeña localidad que ahora lleva su nombre. Era hijo de un pescador y vivió la pobreza en primera persona. A los diez años empezó a trabajar con su padre, pescando, en unas condiciones muy duras. En diciembre de 1730, cuando los pocos libros que pudo conseguir ya no satisfacían su creciente sed de conocimientos y el mar se le había quedado pequeño, abandonó su aldea natal, a pie y sin dinero, rumbo a Moscú. Su ambición era educarse para unirse a los sabios a los que el zar Pedro I el Grande llamaba para transformar Rusia en una nación moderna.

Antes de ser aceptado en la Academia eslavo-greco-latina, tuvo que esconder su origen humilde. Los hijos de las familias nobles se burlaban de él y apenas tenía dinero suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Sin embargo, su buena salud y sus habilidades intelectuales excepcionales le permitieron completar el equivalente de ocho años de estudio en solo cinco años. Durante este periodo, logró aprender griego por sí mismo y explorar las obras clásicas de la antigüedad. 

Su talento no pasó desapercibido y finalmente, en enero de 1736, Lomonósov fue admitido como estudiante en la Academia de San Petersburgo. Poco después, en un lapso de siete meses, se trasladó a Alemania para estudiar en la Universidad de Marburgo, donde se sumergió en la vida estudiantil alemana. A pesar de esta experiencia, su dedicación al trabajo no disminuyó. En un plazo de tres años, logró abordar los principales logros en filosofía y ciencia occidental. Su mente, despojada de prejuicios, reaccionó en contra de la visión estrecha del empirismo que limitaba las ciencias naturales según los discípulos de Isaac Newton. A través de ensayos enviados a San Petersburgo, abordó el desafío de comprender la estructura de la materia.

En 1739, mientras se encontraba en la universidad alemana de Freiberg, Lomonósov se sumergió en un estudio práctico de las tecnologías relacionadas con la minería, la metalurgia y la manufactura de vidrio. Además, cultivó amistades con destacados poetas de la época, permitiéndose expresar libremente su inclinación por la poesía.

Después de algunos desacuerdos con uno de sus mentores, el químico Johann Henckel, y tras atravesar varios desafíos, incluyendo su matrimonio en Marburgo, Lomonósov regresó a San Petersburgo en julio de 1741. En ese momento, la dirección de la Academia estaba en manos de nobles que carecían de competencia, lo que generó un problema para Mijaíl, al no recibir el reconocimiento que merecía. Esta situación de injusticia y ostracismo lo impulsó a tomar parte en acciones de protesta. Su temperamento vehemente y su valentía lo llevaron a rebasar las normas de etiqueta de la época. Como resultado, en mayo de 1743 fue arrestado. Sin embargo, gracias a dos odas que envió a la emperatriz Isabel, logró ser liberado en enero de 1744, ganándose así un prestigio poético dentro de la Academia. La poesía al servicio de la ciencia, quién lo diría. 

Su obra científica es impresionante. En 276 Notas sobre Filosofía y Física Corpusculares expuso las ideas dominantes de su obra científica. Fue profesor por la Academia en 1745, y ese año tradujo los Estudios de filosofía experimental, de Christian Wolff, al ruso; y escribió, en latín, importantes obras sobre el calor y la electricidad. Su buen amigo, el genial matemático suizo Leonhard Euler, reconoció la originalidad creativa de sus publicaciones. 

En 1748 se le concedió el laboratorio que Lomonósov venía solicitando desde 1745 y comenzó una etapa productiva descomunal.  Registró en tres años más de 4.000 experimentos en su laboratorio. Y aquí fue donde desarrolló uno de los aportes más ampliamente reconocidos y de mayor trascendencia que Lomonósov realizó al campo de la ciencia natural: la formulación de la teoría cinético-molecular del calor. Esta teoría surgió en una época en que prevalecía la noción de la "caloría" como entidad que cedía calor de manera específica. Según esta teoría, la masa de un objeto aumentaba durante su calentamiento debido a que la caloría penetraba en sus poros y allí quedaba retenida. No obstante, Lomonósov, a través de un análisis minucioso de eventos físicos particulares, refutó con contundencia la teoría calórica y, en consecuencia, evidenció la eliminación de las especulaciones desordenadas en torno a la naturaleza de la materia que se desplaza de manera anárquica. En su concepción teórica, Lomonósov optó por emplear la denominación "átomo" en lugar de "elemento", término predominante en la época, y sustituyó "corpúsculo" por "molécula" (1748).

Obsesionado en la formación de los estudiantes, escribió en 1752 una introducción al un curso de química física que iba a establecer en su laboratorio. Las teorías sobre la unidad de los fenómenos naturales y la estructura de la materia que expuso en Origen de la luz y los colores y en sus trabajos teóricos sobre la electricidad, en 1753 y 1756, también maduraron en este nuevo laboratorio.

En 1755 funda la primera universidad rusa, que hoy lleva su nombre. Fue miembro de la Real Academia Sueca de Ciencias y de la de Bolonia. Sus teorías sobre el calor y la constitución de la materia fueron rechazadas por los científicos empiristas de Alemania, aunque fueron analizadas con interés en revistas científicas europeas.

Las persecuciones que sufrió, particularmente después de la muerte de la emperatriz Isabel en 1762 lo agotaron físicamente y murió en 1765. La emperatriz Catalina II la Grande hizo enterrar a este genio de la historia con gran ceremonia, pero confiscó todas las anotaciones donde plasmó las grandes ideas humanitarias que había desarrollado. Las publicaciones de sus obras fueron purgadas del material que constituía una amenaza para el sistema de servidumbre feudal, en particular por todo lo relacionado con sus ideas materialistas y humanistas. Se le recordó más como un poeta de la corte y un defensor de la monarquía y la religión que como un enemigo de la superstición y un pionero de la educación popular. Sin embargo, la injusta reescritura de su vida y obra no lograron extinguir su recuerdo. Fue la publicación de su "Polnoye sobraniye sochineny" (Obras completas), entre 1950 y 1983, por parte de eruditos soviéticos lo que finalmente reveló al mundo las contribuciones integrales de Lomonósov. Durante un largo período, este insigne pensador, el hijo de un humilde pescador, había sido malinterpretado por los historiadores de la ciencia. Y la pena es que, a día de hoy, siga siendo un desconocido en occidente.

domingo, 30 de julio de 2023

La poesía de la materia


La química y la poesía nos pueden parecer dos disciplinas muy alejadas entre sí. Una es una ciencia y la otra un arte, pero tras la primera impresión, lo cierto es que ambas comparten un lugar de encuentro común. Química y poesía pueden unirse como una amalgama que nos acerca al lado más lírico de la ciencia, una destilación de sentimientos, evocaciones, belleza, matraces y cromatógrafos. Y con la música de los versos actuando como catalizador de la reacción.

Cuando se habla de los puentes entre química y poesía, siempre sale a relucir el nombre del químico teórico estadounidense Roald Hoffmann y, en particular, su poemario Los hombres y las moléculas. Su obra literaria es el ejemplo más citado cuando se habla sobre cómo la química y la poesía pueden complementarse y enriquecerse mutuamente. Hoffmann nació en 1937 en la ciudad polaca de Zólochiv, que actualmente pertenece a Ucrania, y emigró a los Estados Unidos en 1949, donde estudió química en la Universidad de Columbia. Se le conoce por sus contribuciones a la teoría de la estructura molecular y ha recibido numerosos reconocimientos por sus investigaciones científicas, destacando el Premio Nobel de Química en 1981.

En su obra, Hoffmann utiliza la poesía para explorar temas científicos, utilizando metáforas y analogías que nos ayudan a comprender la complejidad de la química. En Vino viejo, ánforas nuevas utiliza la química como una fuente de inspiración para explorar la experiencia humana. Y en sus poemas, ha utilizado el lenguaje de la química para abordar temas como el amor, la muerte y la identidad. Los versos de Hoffmann son un ejemplo de cómo la creatividad y la imaginación pueden ser fundacionales, tanto en la creación científica como en la literaria. Y nos enseña que la poesía puede ser una herramienta muy valiosa para despertar la curiosidad hacia la ciencia y convertirla en accesible y emocionante para las personas sin formación científica.

Hoffmann es un superviviente del Holocausto. Tras la ocupación alemana de su ciudad natal, toda su familia fue encerrada en un campo de concentración. Su madre y él pudieron escapar sobornando a unos guardias y permanecieron escondidos en el altillo de una escuela hasta el final de la guerra. Peor suerte tuvo su padre, que fue asesinado por los nazis cuando descubrieron su participación en un complot para armar a los prisioneros de los campos.

Otro químico y poeta que sobrevivió a la infamia de la Solución Final fue el italiano Primo Levi. Durante la Segunda Guerra Mundial, Levi se unió a un grupo de partisanos italianos que luchaban contra la ocupación nazi de su país. En 1943, fue capturado por los alemanes y enviado al campo de concentración de Auschwitz, donde pasó más de un año. Levi sobrevivió en Auschwitz gracias a sus conocimientos de química. Encontró en el laboratorio, en el que trabajaba junto a su amigo Alberto, unos cilindros de ferrocerio, que utilizó para fabricar piedras de mechero que cambiaba por comida. Lo contó en su libro El sistema periódico de esta manera: «Una piedrecita de mechero se cotizaba lo mismo que una ración de pan, es decir, valía tanto como un día de vida. Yo había robado por lo menos cuarenta cilindros, de cada uno de los cuales se podían sacar tres piedras de mechero acabadas. En total, ciento veinte piedrecitas, dos meses de vida para mí y dos para Alberto». Después de la guerra, Levi regresó a Italia y se doctoró en química en la Universidad de Turín. Durante tres décadas, compaginó su trabajo en la industria química con la escritura. En la obra de Primo Levi encontramos sus memorias, novelas, ensayos y mucha poesía.

En el enlace covalente entre poesía y química destaca también la unionense María Cegarra, una brillante poetisa que fue amiga de Miguel Hernández. Ejerció como perito químico, siendo la primera mujer en serlo en España, antes de dedicarse plenamente a la enseñanza. La evocación química en los poemas de María Cegarra alcanzan su máxima conexión en su libro Cristales míos, con versos como «Hidrocarburos que dais la vida: Sabed que se puede morir aunque sigáis reaccionando; porque no tenéis risa, ni mirada, ni voz. Sólo cadenas» o «La sonoridad de las ebulliciones y de los alambiques, es como un viento sin mar y sin molinos».

Dylan Thomas dijo en una ocasión que el mundo no vuelve a ser el mismo cuando le agregamos un buen poema. Pongamos poesía en nuestras vidas. No hay mejor química que la lírica.

[Una versión de este artículo se publicó en el diario La Verdad el día 5 de marzo de 2023]

sábado, 29 de julio de 2023

J. Robert Oppenheimer [Documental]

Otro día (o quizá no) os dejaré mi crítica sobre el reciente biopic de Oppenheimer perpetrado por Christopher Nolan, pero ahora quiero compartir con vosotros un documental de apenas 30 minutos, que comparados con las tres horas del metraje de Nolan supongo que no os supondrá un esfuerzo. Y sin necesidad de inventarse (aunque se lo inventaran antes en el libro Prometeo americano) el tema de la manzana envenenada, sin retratar —y volver a caer en el tópico— del científico 'weird', como pasó con la película de Alan Turing de hace unos años, sin ningunear a las mujeres (fueron pocas, pero las hubo) del proyecto... Bueno, me callo y aquí tenéis la recomendación (vía Veritasium). Podéis activar los subtítulos o verlo directamente en español en este enlace



Juzgar a Oppenheimer es muy complicado. E injusto. La sombra de la Segunda Guerra Mundial lo llevó a cruzar su brillante carrera científica con uno de los proyectos más polémicos de la humanidad: el Proyecto Manhattan. Al frente de un equipo de científicos cuyos nombres han pasado a la historia de la ciencia, Oppenheimer se embarcó en una tarea monumental y polémica para desarrollar una nueva arma, la bomba atómica.

La detonación de la primera bomba en Alamogordo, Nuevo México, el 16 de julio de 1945, marcó un punto de quiebre en su vida y en la historia. La conciencia del poder destructivo de su creación lo sumió en una profunda reflexión personal. Recordando las palabras del antiguo texto hindú, el Bhagavad Gita, expresó un sombrío temor por haberse convertido en «la Muerte, el destructor de mundos».

Conforme el mundo se enfrentaba el amargo legado de la guerra y el surgimiento de la Guerra Fría, Oppenheimer luchó con las sugerencias éticas de sus acciones. Sus sospechas y su activismo a favor del control de armas nucleares lo pusieron en un conflicto constante con los estamentos de su país, llevándolo a la sospecha y a cuestionar su lealtad.

Aunque su legado como visionario científico y defensor de la paz perdura todavía, pese a su protagonismo en la infame historia de la guerra, la década de 1950 representó un capítulo oscuro en su vida. Se vio sometido a una investigación por presuntos lazos comunistas, lo que afectó su carrera y reputación.

Su vida es un recordatorio inquietante de la ambivalencia inherente en el conocimiento científico y de los dilemas morales que acompañan los avances tecnológicos.

En el vasto lienzo cósmico de los personajes de la historia de la ciencia, J. Robert Oppenheimer fue una estrella que ardió con intensidad luminosa, pero también tuvo sus sombras. Su legado nos recuerda que debemos enfrentar el poder del conocimiento con sabiduría y responsabilidad, guiados por un firme compromiso con la humanidad y la búsqueda de un futuro de paz y comprensión en este punto azul pálido que habitamos.

Buen finde, folks.