sábado, 25 de junio de 2022

'La química al servicio del mal' [Vídeo]

Para este caluroso fin de semana os propongo un recorrido sobre los orígenes del veneno con finalidad criminal, desde la prehistoria hasta la actualidad. Esta charla la ofrecí hace unos meses dentro de ese maravilloso espectáculo de la ciencia que se llama Naukas Bilbao. Un evento coral que se celebra en el Palacio Euskalduna, durante un fin de semana de septiembre, desde hace más de una década. 

Espero que paséis un buen rato. Son menos de diez minutos y las bromas de Vladimir Putin ya no tienen demasiada gracia, por desgracia. Nunca mejor dicho. 


viernes, 17 de junio de 2022

El 'Einstein' escocés [Documental sobre James Clerk Maxwell]

El pasado lunes 13 de junio se cumplieron 191 años del nacimiento de una de las figuras más importantes de la ciencia del siglo XIX, un titán de la física y las matemáticas al que le debemos la unificación de la electricidad, el magnetismo y la luz como propiedades distintas de un único fenómeno de la naturaleza, entre otros muchos logros. Su nombre, James Clerk Maxwell

Sobre Maxwell se han escrito ríos de tinta, incluso sobre su peculiar personalidad. Yo mismo me atreví a ello en este blog hace doce años: ¿Fue James Clerk Maxwell lo que calificaríamos ahora como un "nerd"? Resulta curioso porque el término 'nerd' ya prácticamente no se usa... Pero no nos desviemos, porque mi propuesta para este caluroso finde es un documental de la BBC que he descubierto esta tarde y que me ha encantado. 

El presentador es el geólogo escocés Iain Stewart, que comienza el programa preguntando por la calle a los transeúntes con la foto de James Clerk Maxwell en la mano. Y lo hace junto a la estatua de Maxwell en su Edimburgo natal. Os podéis imaginar el resultado... 

Aquí está el documental en inglés, pero si activáis los subtítulos automáticos de Youtube se puede seguir perfectamente. Que no os asuste el acento scottish. ;)

lunes, 13 de junio de 2022

'El ascenso del hombre', de Jacob Bronowski [Reseña]

 



En 1973 la cadena británica de televisión BBC estrenó la serie documental El ascenso del hombre (The ascent of man) con la inconfundible presencia del científico y divulgador británico de origen polaco Jacob Bronowski (1908-1974), autor original del guion y conductor de la serie. Una serie en la que las palabras que dan comienzo al primer episodio, pronunciadas con el característico acento de Bronowski, permanecen imborrables en la memoria de todos aquellos que la han visto.

 

«El hombre es una criatura singular. Tiene toda una gama de cualidades que lo convierte único entre todos los animales; por lo tanto, a diferencia de ellos, no es una mera figura del paisaje: es un modelador del paisaje […]

 

Y toda la serie de inventos e invenciones, mediante los cuales época tras época el hombre ha cambiado su medio ambiente, conforman una clase diferente de evolución -una que no es biológica, sino que se trata de una evolución cultural-. Llamo a esa brillante secuencia de cumbres culturales alcanzadas el ascenso del hombre».

 


Tras la popular acogida cuatro años antes de la mítica Civilisation, de Sir Kenneth Clarke, la BBC se planteó una continuación de esta última desde otra perspectiva distinta, en la que la idea del arte como fuerza impulsora de la cultura y la ciencia fuera la fuerza motriz. Para esta difícil tarea se buscó a Jacob Bronowski, un divulgador científico muy conocido por sus apariciones en radio y televisión, como el mejor candidato. Bronowski aceptó y durante 13 episodios, rodados en más de 30 países distintos, se sumergió en un fascinante viaje hacia las profundidades del ser humano a través de la ciencia, el humanismo y el arte. Y nos sumergió con él, como nunca antes se había hecho en la pequeña pantalla, para contárnoslo en primera persona.

Tal fue el éxito en el Reino Unido que cuando fue emitida su influencia posterior cruzó el océano Atlántico para convertirse en la serie que se reconoce como obra inspiradora de la celebérrima Cosmos: un viaje personal, de Carl Sagan de 1980. Al finalizar la emisión de la serie, algo que también ocurrió con Cosmos, se editó un libro homónimo adaptando el contenido de los episodios de forma prácticamente literal. Un libro que  hemos podido disfrutar recientemente traducido al español con un emotivo prólogo del zoólogo Richard Dawkins.

Pero aunque la serie original mantiene su carácter lírico e inspirador lo cierto es que no ha resistido demasiado bien el paso del tiempo y los efectos visuales producen cierto sonrojo acostumbrados como estamos a los diseños digitales de documentales más recientes. No ocurre así con el libro. Un libro que convierte en poesía la historia de la ciencia, el conocimiento y la invención tecnológica, desde los primeros homínidos y sus herramientas hasta la era de la exploración espacial. Con Bronowski viajaremos a la Isla de Pascua y a las cuevas de Altamira, conoceremos la biblioteca de Isaac Newton, pasearemos por la Alhambra de Granada, la Grecia de Euclides y pondremos una vela en la tumba de Ludwig Boltzmann. Quedaremos deslumbrados con los constructores de las catedrales, con artistas del Renacimiento o de la dinastía Shang, con las maravillas del arte antiguo y moderno, con William Blake, Milton y Einstein, el dominio del átomo, la teoría de la relatividad y la complejidad del cerebro humano. Y con mucho más.

El ascenso del hombre es un libro excepcional, uno de esos libros que se deben releer conforme se van sumando dígitos en las velas de las tartas de cumpleaños. Una obra que nos traslada mágicamente en el espacio y el tiempo a los lugares -geográficos e intelectuales- del universo donde la humanidad ha culminado su ascenso. Con sus luces pero también con sus sombras. Como ocurre al final del capítulo once, donde un desgarrado Bronowski desde el campo de concentración de Auschwitz nos sorprende con una advertencia que bien podríamos aplicar al posmodernismo que nos rodea.

«Se dice que la ciencia deshumanizará a la gente y la transformará en números. Eso es falso, trágicamente falso. Mire usted mismo. Fíjese en el campo de concentración y en el crematorio de Auschwitz. Ahí es donde a la gente se la convirtió en números. En el estanque que allí se encuentra fueron arrojadas una gran parte de las cenizas de unos cuatro millones de personas. Y eso no lo hizo el gas. Lo hizo la arrogancia. Lo hizo el dogma. Lo hizo la ignorancia. Cuando la gente cree firmemente que es poderosa del conocimiento absoluto, sin ponerlo a prueba a través de la realidad, así se comportan. Esto es lo que hacen los hombre cuando aspiran a tener un conocimiento propio de los dioses».

 

Leed a Bronowski. Leed El ascenso del hombre o ved la serie. Y disfrutad de la experiencia. :))


PS.- Hace casi una década os dejé por aquí la serie, que en aquel momento estaba en Youtube y hasta subtitulada en español. Ya no está disponible, lo siento  :( 

Pero os dejo este homenaje:

lunes, 6 de junio de 2022

Antonio de Ulloa y Newton

 



El 25 de marzo de 1726 se publica en la ciudad de Londres la tercera edición del libro Philosophiæ naturalis principia mathematica (conocido como los Principia), del gran Isaac Newton, una de las obras más importantes, revolucionarias e influyentes de la historia de la ciencia, por no decir la más importante. Se imprimieron 1250 copias, en total, cuidadosamente encuadernadas en piel de Marruecos. Y una de de estas copias llegó dos décadas después a las manos de un joven e intrépido marino español, que permanecía apresado por corsarios ingleses cuando participaba en una expedición científica, y que acabó siendo nombrado miembro de pleno derecho de la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, la Royal Society. Su nombre, Antonio de Ulloa.



Antonio de Ulloa y de la Torre-Giralt (Sevilla, 1716 – San Fernando, 1795) fue una de las figuras más destacadas de la Ilustración española como escritor, científico y naturalista. Hijo del aristócrata Bernardo de Ulloa, con solo catorce años se embarcó en el galeón San Luis hacia las Antillas para regresar dos años más tarde al puerto de Cádiz. Ingresa unos meses después en la recién creada Real Academia de Guardias Marinas y en 1735 fue destinado, con diecinueve años y el rango de teniente de fragata, como representante de la corona española junto a Jorge Juan y Santacilia en la Misión geodésica francesa, una ambiciosa expedición científica que pretendía medir un grado del arco de meridiano en el ecuador terrestre.

 


Fuente | BNE


El fin último de esta expedición era el de zanjar la discusión por la forma de la Tierra que enfrentaba a la comunidad científica entre los newtonianos, que sostenían la forma achatada por los polos, y los cartesianos (como los franceses Piccard, La Hire y Cassini), que decían que lo estaba por el ecuador. 

En paralelo, se envió otra expedición a Laponia encabezada por el astrónomo Pierre Louis Maupertuis y en la que participó activamente el sueco Anders Celsius, creador de la escala de temperatura centígrada que lleva su nombre. Y fue esta segunda expedición en las frías regiones del Ártico la que demostró que la Tierra está achatada en los polos, dando la razón a los newtonianos. El filósofo francés Voltaire, que estuvo muy atento al desarrollo de estas misiones por el alcance científico y político, escribió: «Han confirmado con mucha transpiración lo que Newton descubrió sin salir de su habitación».         

Durante la expedición francesa en Perú de 1735, un marinero galo descubrió casualmente unos nódulos de arcilla grisácea mientras caminaba por un estuario y se lo entregó a Ulloa. En la arcilla se encontraban unos trozos de un extraño metal plateado que ya era conocido desde tiempo atrás en América del Sur. Ulloa se dio cuenta inmediatamente de que se encontraba delante de un nuevo elemento metálico, el platino, y se le considera su descubridor, pero no sin cierta polémica porque no llegó a aislarlo o a estudiar sus propiedades. El joven teniente de fragata bautizó al metal como platina del Pinto («plata pequeña del río Pinto»), o simplemente platina, y fue posteriormente el insigne químico británico Humphrey Davy el que le dio el nombre definitivo con el que lo conocemos en la actualidad.

Pese al adelanto y el éxito de la misión en Laponia, los resultados científicos de la expedición en Perú y Ecuador fueron muy importantes y productivos para la ciencia del siglo XVIII. Se midió con más exactitud el arco del meridiano, se hicieron medidas de la gravedad a varias altitudes y se realizaron valiosas medidas de la velocidad del sonido.

En agosto de 1745, durante el viaje de regreso a España a bordo de la fragata Délivrance, Antonio de Ulloa fue capturado por un navío británico y enviado preso a Inglaterra. Se le incautó toda la documentación científica que traía de su expedición y se la remitió a la Royal Society. Varios miembros se interesaron por el trabajo de Ulloa, entre ellos se encontraba el entonces presidente Martin Folkes, un brillante matemático que fue nombrado vicepresidente por el mismísimo Isaac Newton en 1923. Folkes entabló amistad con Ulloa en el proceso de recuperación de su trabajo requisado y quedó asombrado con la recopilación de datos científicos en su década de investigación en las Américas. Tanto es así, que Ulloa fue nombrado miembro de la Royal Society en diciembre de 1746 en justicia con su trabajo y sus descubrimientos. Un poco antes, a mitad de ese año de 1746, Martin Folkes le regaló a su amigo sevillano un ejemplar de los Principia de Newton, en su tercera edición, con la siguiente dedicatoria en un latín poco ortodoxo: «Viro doctrina simul et moribus spectabili Dº Antonio de Ulloa, Hispalensi, auspicatum in patriam reditum omniaque dein felicia ex animo precatur. Martinus Folker, Regalis Societatis Londini Praeses, et Regia Scientiarum Academiae Parisiensis Socies. 3º Eid. May Anno salutis reparatae M.DCCC.XLVI».

Ese ejemplar de los Principia se encuentra en la actualidad en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla y era uno de los seis libros de Isaac Newton de la fabulosa biblioteca personal del gran Antonio de Ulloa, el marino que leía a Newton.

Recordadlo cuando veáis su nombre en alguna calle o centro educativo de la región de Murcia. ;)


sábado, 28 de mayo de 2022

El enigma cartagenero de Turing

Alan Turing| Fuente


Con más de 2.500 años de historia, la ciudad de Cartagena es uno de los mejores destinos turísticos culturales de nuestro país, una visita imprescindible que nunca defrauda. El imponente Teatro Romano, construido en tiempos del emperador Augusto en el siglo I a.C., el Barrio y Museo del Foro Romano junto con el recién inaugurado Parque Arqueológico del Molinete, o los refugios de la Guerra Civil, ocupan merecidamente los primeros lugares en prácticamente todas las guías para el visitante. Pero esta ciudad esconde rincones más desconocidos, aunque no por ello menos interesantes.

Fuente: Wikimedia Commons


El Museo Histórico Militar (Plaza de las Puertas de La Serreta, s/n) recoge la historia de la artillería y de las unidades asentadas en la ciudad de Cartagena desde el siglo XV hasta la actualidad. Situado en un imponente edificio neoclásico que albergaba un antiguo cuartel militar, la actividad expuesta ocupa dos plantas alrededor de un patio central. Cañones de todo tipo y procedencia, municiones, armas ligeras, uniformes y una impresionante colección de maquetas de vehículos militares, llenan los espacios y salas de este magnífico museo. Y es precisamente en una de esas salas donde podemos contemplar un curioso artilugio que puede pasarnos desapercibido ante la imponencia bélica de otros objetos. Se trata de un instrumento con teclado alfabético, que se asemeja a una máquina de escribir antigua, que esconde una de las hazañas más apasionantes de la ciencia y la historia de la Segunda Guerra Mundial.

Tras la Primera Guerra Mundial, los alemanes Arthur Scherbius y Richard Ritter fundaron una empresa de ingeniería en la que mejoraron para su comercialización una ingeniosa máquina compuesta de rotores, a la que llamaron Enigma, utilizada para cifrar y descifrar mensajes codificados. La máquina Enigma, en sus distintas versiones, salió inicialmente a la venta para un uso militar pero también estaba disponible para empresas que buscaban una comunicación interna entre sus sedes que no pudiera ser captada por la competencia.

Durante la Guerra Civil, el bando sublevado del general Franco utilizó una veintena de estas máquinas para las comunicaciones entre los altos mandos militares, aunque como los alemanes no se fiaban mucho de que pudieran caer en manos enemigas proporcionaron a los franquistas el modelo de la gama comercial. Y es precisamente una de estas máquinas de uso civil la que podemos contemplar en el Museo Histórico Militar de Cartagena, según fuentes del propio museo.

Fuente propia

Sin embargo, fue en la Segunda Guerra Mundial donde la Enigma tuvo su uso más relevante, con su merecida fama de ser indescifrable, como medio habitual de comunicación codificada de las tropas nazis por. Hasta que llegó nuestro protagonista de hoy, Alan Mathison Turing, un brillante matemático que nació en Londres en 1920 y al que se le considera como uno de los padres de la ciencia de la computación y de la informática moderna.

Alan Turing lideró en Bletchley Park —un emplazamiento militar secreto ubicado en una mansión victoriana al sureste de Londres— a un equipo multidisciplinar de criptógrafos que consiguieron descifrar el código de la máquina Enigma, con la consiguiente y vital ventaja bélica de anticipación de maniobras del enemigo. A finales de 1939 y mediados de 1940, Turing y el también matemático Gordon Welchman, desarrollaron una máquina a la que bautizaron como Bombe, con la que consiguieron descifrar con éxito algunas de las transmisiones con la Enigma.

Algunos historiadores estiman que gracias a Alan Turing la Segunda Guerra Mundial duró dos años menos de lo que realmente duró y se salvaron millones de vidas. Lejos de ser aclamado y reconocido como un héroe de guerra, Turing tuvo un triste e infame final.

En 1952, siendo ya un científico de prestigio, fue arrestado por mantener relaciones con otro hombre. Con la convicción de que no tenía por qué ocultar su condición sexual ni arrepentirse de nada, no se defendió de los cargos y reconoció su homosexualidad. Fue condenado por ello. Para evitar la cárcel, se sometió a un tratamiento hormonal de castración química con estrógenos sintéticos para reducir la libido, algo que lo destrozó en su aspecto físico y lo condujo a una profunda depresión. Dos años después, Turing apareció muerto en su casa de Wilmslow. Tenía 41 años.

Sabemos que su muerte fue debida a una intoxicación aguda con cianuro potásico, pero nunca se ha podido aclarar si fue de forma voluntaria o accidental. Alan Turing murió envenenado lentamente por los prejuicios y el odio de la sociedad que lo señaló y condenó por su condición sexual, algo que es más letal que el peor cianuro.

Y para terminar, si habéis visto la película Descifrando Enigma ('The imitation game'), con el gran Dr. Strange-Benedict Cumberbatch en el papel de Alan Turing, no hagáis ni caso a la personalidad histriónica y freak de Turing, porque no se parece en nada a la realidad histórica del personaje, que era precisamente todo lo contrario. En fin, lo de siempre.