En la primera clase de Pociones de Harry Potter y la piedra filosofal, Snape le pregunta a Harry dónde buscaría un bezoar. Harry no tiene ni idea. La respuesta, que Snape suelta con su simpatía habitual, es que se trata de una piedra que se saca del estómago de una cabra y que salva de la mayoría de los venenos. Cinco libros después, esa piedrecita le salva la vida a Ron cuando bebe un hidromiel envenenado que iba destinado a Dumbledore.
Rowling no se lo inventó. El bezoar existe, se vendió durante siglos a precio de joya, protagonizó uno de los experimentos más siniestros de la historia de la medicina y todavía hoy aparece en las endoscopias de nuestros hospitales. Medicina, magia y superchería en un mismo pedrusco, justo el territorio de esta sección de curiosidades de la toxicología que tenía abandonada. Spoiler: al cocinero no le va nada bien. A la cabra tampoco, la verdad.
La palabra procede del persa pād-zahr, que viene a significar contraveneno, y llegó a Europa a través del árabe. Los médicos del mundo islámico lo recetaban desde el siglo VIII, y en el siglo XI el sabio persa Al-Biruni llegó a escribir que debería ser la más cara de todas las piedras, porque las joyas solo adornan y el bezoar protege el cuerpo y el alma.
¿Y de dónde salía semejante maravilla? Unos contaban que se formaba en ciervos y cabras que comían serpientes, otros que nacía de sus lágrimas, endurecidas como piedra. Maimónides, el gran médico cordobés, descartaba que apareciera en los ojos de los carneros de Oriente. Lo cierto, decía, es que se encontraba en su vesícula biliar. Y el sevillano Avenzoar, de los primeros en describirlo, aseguraba que se había recuperado gracias a él cuando ya se veía muerto. Evidencia anecdótica de manual.
La realidad era más prosaica. Un bezoar es una concreción que se forma en el aparato digestivo de algunos animales, sobre todo rumiantes, cuando pelos, fibras vegetales y sales minerales se van depositando en capas alrededor de un núcleo. El clásico, el bezoar oriental, salía sobre todo de la cabra salvaje de Persia (Capra aegagrus), que acabó heredando el nombre de la piedra.
En el siglo XVI el bezoar vivió su edad de oro, y nunca mejor dicho. Se engastaba en filigrana de oro, se colgaba del cuello como amuleto y se rascaba para echar su polvo en el vino. Los portugueses controlaban su comercio desde la India, y España quiso su parte.
En 1565 el médico sevillano Nicolás Monardes dedicó uno de sus Dos libros a «dos medicinas maravillosas que son contra todo veneno», la piedra bezaar y la hierba escorzonera. Tres años después, un soldado destinado en el Perú, Pedro de Osma, le escribió para contarle que, tras leerlo, había encontrado bezoares en unos animales andinos muy parecidos a los carneros. Había nacido el bezoar occidental, de llamas y guanacos, que Monardes llegó a considerar más eficaz que el oriental. Negocio redondo.
Había bezoares hasta en el Nuestra Señora de Atocha, el galeón cargado de plata y oro que se hundió frente a Florida en 1622. Lo encontró en 1985 el buscador de tesoros Mel Fisher, y uno de aquellos bezoares, sujeto por cuatro brazos de oro, salió a subasta en 2015. Con semejante demanda, las falsificaciones inundaron el mercado. En Inglaterra, un tal Lopus pagó cien libras a un orfebre por una piedra que este le vendió como bezoar. No lo era. Pleiteó y acabó perdiendo, porque el tribunal entendió que afirmar que algo es un bezoar no equivale a garantizarlo. De aquel caso de 1603, Chandelor contra Lopus, arranca el principio de caveat emptor, que se cuide el comprador. Una supuesta piedra de estómago de cabra en el origen del derecho del consumo. O de su ausencia, más bien.
No todo el mundo se dejaba deslumbrar. Ambroise Paré, cirujano de cuatro reyes de Francia, cuenta que hacia 1567 un caballero que había traído un bezoar de España presumía delante de Carlos IX de su eficacia contra toda clase de venenos. El rey le preguntó si existía algún antídoto que sirviera igual contra todos. Paré le dijo que no, porque los venenos actúan de maneras muy distintas. Y añadió algo muy moderno. Que era fácil comprobarlo.
El conejillo de Indias fue un cocinero condenado a la horca por robar dos platos de plata. Le ofrecieron un trato. Tomaría veneno y después el bezoar, y si sobrevivía quedaría libre. Aceptó de buena gana, porque prefería una muerte discreta al patíbulo. Poco después, Paré lo encontró a cuatro patas, como un animal, con la lengua fuera y la cara encendida, vomitando y sangrando. Le hizo beber aceite. No sirvió de nada. Murió unas siete horas después de tomar el veneno, gritando que más le habría valido morir en la horca. Le habían dado sublimado corrosivo, cloruro de mercurio(II), y el rey mandó quemar la piedra.
Un experimento con un tamaño muestral de uno, sin grupo control y con una ética que hoy no pasaría ningún comité. Lo curioso es que alguien acabó añadiendo el control. El médico francés Philibert Guybert recordaba en 1631 otra prueba con dos condenados, ambos envenenados y solo uno con bezoar. Murieron los dos. Para liarlo un poco más, el médico italiano Andrea Bacci contaba el caso contrario, el de un joven preso que tomó arsénico, bebió después bezoar y salió libre. Guardad ese arsénico en la memoria.
Con la Ilustración, la piedra perdió brillo. La primera edición de la Enciclopedia Británica la despachaba como un absorbente de lo más flojo cuya principal utilidad, dado su precio, era engordar la cuenta del boticario.
Y llegó la química. En unas cartas publicadas en 1789, Joseph Louis Proust, el químico francés que pasó buena parte de su carrera en España, contaba que al tratar bezoares del Perú con ácido sulfúrico obtenía selenita y ácido fosfórico. Fosfato de calcio, vaya.
Ahora viene lo más chulo. En el Instituto Scripps de Oceanografía, Gustaf Arrhenius, nieto del Nobel Svante Arrhenius, y Andrew Benson, el del ciclo de Calvin y Benson de la fotosíntesis, sumergieron bezoares en disoluciones con arsénico y, según contaron, la piedra retiraba parte del veneno. La química tiene sentido. El arseniato se parece tanto al fosfato que puede ocupar su lugar en la brushita, uno de los fosfatos de calcio de la piedra, y el arsenito se une al azufre de las proteínas del pelo que también contiene.
¿Tuvo entonces algo más que suerte el preso de Bacci? Puede, pero conviene no venirse arriba. La fuente habitual es un boletín de 1998 de la Mel Fisher Maritime Heritage Society (sí, el Mel Fisher del Atocha), apenas hay investigación revisada por pares, y una cosa es retirar algo de arsénico de un vaso y otra muy distinta neutralizar una dosis letal de sublimado que ya está destrozando el estómago de un pobre cocinero.
Hoy el bezoar ha cambiado de vitrina y aparece en los informes de endoscopia. Los hay de fibras vegetales, que son los más frecuentes, de pelo, de medicamentos y hasta de leche. Los de pelo pueden acabar con nombre de cuento. Cuando la bola se prolonga hacia el intestino con una especie de cola se habla de síndrome de Rapunzel. Es muy raro y suele ir ligado a la tricotilomanía, así que aquí la curiosidad va de la mano del respeto.
Y luego están los caquis, ahora que llenan las fruterías. Los poco maduros contienen un tanino soluble, el shibuol, responsable de esa astringencia que deja la boca como un estropajo. En el ácido del estómago se transforma en un coágulo pegajoso que cementa fibras, celulosa y proteínas, y el resultado, el diospirobezoar, es especialmente duro. Cuando el caqui se puso de moda en Israel, a principios de los ochenta, aumentaron los casos, que bajaron en picado tras un aviso oficial por televisión. Divulgación que salva estómagos.
¿Y cómo se deshacen? Pues con Coca-Cola, en serio. Unos gastroenterólogos griegos lo propusieron en 2002, y en 2013 una revisión sistemática con 46 pacientes concluyó que la bebida disolvía por completo el bezoar en la mitad de los casos y, con ayuda endoscópica, en más del 90 por ciento. Con los de caqui funciona peor al primer intento. El mecanismo no está del todo claro, aunque se apunta a la acidez del refresco, con un pH de 2,6 parecido al del jugo gástrico, y a sus burbujas. La Gold-Cola, por cierto, funciona igual.
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| Fuente: https://www.elsevier.es/es-revista-gastroenterologia-hepatologia-14-articulo-disolucion-fitobezoar-con-coca-cola-13087468 |
Ni que decir tiene que esto se hace con diagnóstico y bajo control médico, no por libre con un par de latas.
Vuelvo a la mazmorra de Snape para terminar. Dijo que el bezoar salva de la mayoría de los venenos, no de todos, y en eso fue más prudente que medio Renacimiento. El antídoto universal no existe. Los que funcionan son específicos, una llave para cada cerradura, como la naloxona frente a los opioides o la acetilcisteína frente a una sobredosis de paracetamol.
Ya sabéis. Si este otoño os ponéis morados de caquis, mejor maduros y bien masticados. Y si alguien os ofrece una piedra contra todos los venenos, acordaos del cocinero de Carlos IX. ;P


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