domingo, 22 de febrero de 2026

Solaris

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Hay libros que uno lee y olvida. Y hay otros que se quedan, no tanto por lo que cuentan, sino por las preguntas que dejan abiertas. Solaris, de Stanisław Lem, pertenece sin duda a este segundo grupo. No os exagero nada si digo que es uno de mis libros favoritos. Y la adaptación cinematográfica de Andrei Tarkovsky en 1972 es también una de esas películas a las que siempre vuelvo, quizá porque nunca termino de entenderlas del todo. O, mejor dicho, porque cada vez las entiendo de una manera distinta.

 


La premisa es, en apariencia, sencilla: un planeta cubierto por un océano que parece estar vivo. Los científicos llevan décadas estudiándolo, catalogando sus estructuras, inventando nombres —mimoides, simetríadas—, construyendo toda una disciplina, la solarística. Es el triunfo del impulso humano por clasificar, medir, comprender. Y, sin embargo, nada de eso sirve realmente.

Y ese es, quizá, el núcleo más fascinante de la obra de Lem: la sospecha de que puede haber realidades que no solo no comprendemos, sino que no podemos comprender. No por falta de datos, ni por limitaciones tecnológicas, sino porque nuestro modo de conocer está inevitablemente condicionado por lo que somos.

En ciencia tendemos a pensar —y con razón, la mayor parte del tiempo— que conocer es acercarse a la verdad. Que con más observaciones, mejores teorías y modelos más refinados iremos desentrañando los secretos del universo. Lem introduce una grieta inquietante en esa confianza: ¿y si el problema no está en los datos, sino en nosotros?

Tarkovsky, por su parte, lleva esta idea a un terreno aún más incómodo. Si en la novela ya hay una profunda reflexión epistemológica, en la película esa reflexión se vuelve íntima, casi dolorosa. Porque el océano de Solaris no responde con ecuaciones ni patrones físicos. Responde con recuerdos. Materializa lo más profundo de la mente de los científicos: sus culpas, sus pérdidas, sus heridas.

Y entonces la pregunta deja de ser científica para convertirse en existencial.

¿Qué significa conocer algo verdaderamente ajeno, si solo podemos interpretarlo a través de nosotros mismos? ¿Es posible el contacto con una inteligencia radicalmente distinta, o estamos condenados a proyectarnos incluso en aquello que nos trasciende?

Siempre me ha parecido que Solaris es, en el fondo, una historia sobre el fracaso. No un fracaso banal, sino uno profundamente humano: el fracaso de nuestra pretensión de que el universo es legible en nuestros términos. Los científicos de la estación saben muchísimo sobre el planeta, han acumulado datos durante décadas… pero no lo entienden. Han construido conocimiento, pero no comprensión.

Y eso conecta con una de las grandes cuestiones de la epistemología porque el conocimiento no es un espejo pasivo de la realidad, sino una construcción mediada por nuestros sentidos, nuestro lenguaje y nuestras categorías mentales. Solaris no es incomprensible porque sea caótico, sino porque es otro.

Quizá por eso la película de Tarkovsky resulta tan desconcertante para quien espera una historia de ciencia ficción al uso. No hay espectáculo, no hay respuestas claras, no hay una resolución tranquilizadora. Hay silencio, hay tiempo, hay miradas largas que parecen pedirnos paciencia. Y hay una insistencia casi obstinada en que el verdadero misterio no está ahí fuera, sino dentro de nosotros.

Es posible que Solaris redefina lo que entendemos por «primer contacto». No es el encuentro con una civilización alienígena que podamos descifrar, sino el enfrentamiento con algo que no podemos reducir a nuestros esquemas. Y, en ese proceso, el descubrimiento más inquietante es que tampoco nos entendemos del todo a nosotros mismos.

Si Carl Sagan decía que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, Lem parece sugerir algo aún más perturbador, que la evidencia puede estar ahí, delante de nosotros… y aun así ser incapaz de convertirse en conocimiento. Acojonante.

Vuelvo cada cierto tiempo a Solaris, tanto al libro como a la película. Porque no me ofrecen respuestas, y porque me obligan a recordar algo que en ciencia a veces olvidamos, que conocer tiene límites. Y que reconocer esos límites no es una derrota, sino, quizá, el primer paso hacia una forma más honesta de entender nuestro lugar en el universo.

O, al menos, de aceptar que hay océanos —reales o metafóricos— que no están hechos para ser comprendidos, sino simplemente contemplados. 

Sé que hay otra versión cinematográfica de Solaris, relativamente más reciente, pero esa no se quedó almacenada en mi hipocampo ni en mis redes neuronales. ;P 

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Bonus: Mi edición favorita del libro de Lem es esta, por si os apetece. Y la peli de Tarkovski puede verse en Youtube con subtítulos en español. 

 


domingo, 8 de febrero de 2026

Maria Winkelmann-Kirch [Una historia más de olvido a propósito del 11F]

 

Fuente

En los libros de historia de la astronomía hay una escena que se repite con demasiada frecuencia. Alguien mira al cielo, encuentra algo nuevo…, y luego su nombre se evapora. A Maria Margaretha Winkelmann —más conocida tras su matrimonio como Maria Winkelmann-Kirch —le ocurrió exactamente eso. Y lo más doloroso es que no fue por falta de talento, ni de trabajo, ni de noches en vela, sino por una razón mucho más prosaica. Nació mujer en la Europa de las academias y el machismo. Una educación «impropia» para una chica y por eso mismo excepcional

Maria nació el 25 de febrero de 1670 en Panitzsch, cerca de Leipzig. Su padre, un pastor luterano, hizo algo casi subversivo para la época, la educó con la misma seriedad que a un hijo varón. Aquella base, que incluía lectura, cálculo y disciplina, le permitió entrar por una puerta lateral al mundo científico mediante un reputado astrónomo.

Ese astrónomo fue Christoph Arnold, un observador autodidacta famoso por su habilidad para detectar cometas. Con Arnold, Maria no aprendió la astronomía «de salón», sino astronomía de verdad. Aquella que se basa en mirar, registrar, calcular y repetir. En 1692 se casó con Gottfried Kirch, astrónomo profesional. Y aquí aparece un detalle que hoy se nos suele escapar. En aquella época, una parte crucial de la astronomía era la producción de calendarios y efemérides. No eran meras hojas con santoral sino eran herramientas económicas y políticas. Un calendario bien calculado significaba prestigio, navegación más segura, agricultura mejor planificada… y también dinero, porque en Prusia y Brandeburgo el calendario podía ser un monopolio ligado a instituciones científicas.

Maria trabajó durante años como lo que los documentos llaman «asistente», palabra elástica donde las haya. Observaba, calculaba, corregía, y en ocasiones directamente sostenía el trabajo cuando su marido enfermaba. Su firma, sin embargo, casi nunca era la que aparecía en portada.

En abril de 1702, Maria realizó una observación decisiva: detectó un nuevo cometa, el que hoy se cataloga como C/1702 H1. Fue un hallazgo real, técnico, de los que exigen paciencia y ojo entrenado. Y, sin embargo, el reconocimiento formal quedó envuelto en la bruma... publicaciones con el nombre de su marido, atribuciones confusas y el viejo reflejo de la época de considerar «normal» que el crédito viajara hacia el hombre.

Lo importante, más allá del quién llegó antes que tanto nos seduce en la historia de los descubrimientos, es lo siguiente: Maria estaba en la primera línea de la astronomía observacional. No como aficionada pintoresca, sino como profesional en toda ley, aunque sin el título.

El gran golpe llegó tras la muerte de Gottfried Kirch (1710). Maria pidió ocupar el puesto de su esposo en la Academia de Ciencias de Berlín para poder mantener a su familia y continuar el trabajo. Incluso contó con el apoyo de Leibniz, que entendía perfectamente lo que valía aquella astrónoma.

Pero la respuesta fue un «no» que hoy suena a sentencia cultural. No querían sentar precedente. Admitir a una mujer no era solo contratar a una persona competente; era abrir una grieta en el muro. Y las academias, nacidas para impulsar la ciencia moderna, también ayudaron —paradójicamente— a institucionalizar la exclusión. Ese episodio está muy bien estudiado en historia social de la ciencia, no fue una anécdota, fue un mecanismo. Pero Maria siguió trabajando y publicando, a veces bajo patronazgo privado, a veces en la periferia de la institución que había ayudado a sostener. Murió en 1720 en Berlín. Tenía 51 años.


Cada 11 de febrero celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Y conviene recordarlo: no es solo un día para animar vocaciones, que también. Es un día para arreglar el pasado, porque el pasado mal contado deforma el futuro.

Cuando una niña aprende que el primer cometa importante descubierto por una mujer lleva detrás el nombre de Maria Winkelmann-Kirch, no está solo memorizando un dato, está recuperando una posibilidad. El cielo no cambia por quién lo observe; lo que cambia es quién tiene permiso para firmar el hallazgo.

Así que, si hoy levantamos la vista en una noche clara, quizá podamos imaginar aquella escena de 1702. Una mujer en silencio, tomando notas mientras la ciudad duerme, sabiendo que ha encontrado algo nuevo. Y pensar que el 11F, en el fondo, también va de eso: de que nadie tenga que descubrir un cometa —o una vacuna, o una ecuación— para que otro se quede con su nombre.