Aviso, esta Ted Talk no está aún subtitulada. Avisaré en cuanto lo esté. Aun así se entiende bastante bien. Jason Fried tiene una teoría un tanto radical de lo que es el trabajo: que la oficina no es un buen lugar para hacerlo. ¡Gran descubrimiento!, por cierto. Con el símil de los M&Ms, Jason nos ofrece tres sugerencias para extenderlas a nuestro trabajo.
La astucia del héroe que evitó la mirada petrificante
Hubo una época en que las diosas y los dioses se unían libre y apasionadamente a los ingenuos mortales. Fruto de esas extrañas uniones románticas nacían unos niños especiales, seres distintos, admirables, valientes y fuertes, sublimes semidioses. Cuando crecían se convertían en héroes y heroínas.
Uno de ellos fue Perseo. Hijo de la mortal Dánae y del promiscuo Zeus, Perseo fue engendrado mediante una original artimaña urdida por su padre. El padre de Dánae, Acrisio el rey de Argos, había encerrado a su bella hija en una torre de bronce, temeroso de una profecía que auguraba que su nieto -el hijo de Dánae- le mataría. Dánae permanecía aislada y recluida en la torre pero el hábil Zeus se manifestó en forma de lluvia de oro y accedió a Dánae, dejándola embarazada. Perseo nació en el cautiverio de su abuelo, y no fue hasta que tuvo cuatro años, cuando las risas y travesuras del pequeño le descubrieron ante Acrisio. Furioso ante este descubrimiento y traición, Acrisio ordenó construir un gran cofre de madera. Madre y niño fueron arrojados al mar y abandonados a una muerte segura.
Nadie escapa a su destino, y las profecías de los oráculos rara vez fallaban, para desgracia de Acrisio. Perseo y su madre sobrevivieron a las tormentas y tempestades, y fueron rescatados por un pescador cerca de la isla de Sérifos. El pescador, Dictis, recogió a Dánae y su hijo y los llevó a la corte de su hermano Polidectes, el rey-tirano que gobernaba en la isla. Polidectes se encaprichó apasionadamente de Dánae y la cortejó sin éxito durante años. Dánae rechazaba sistemáticamente a su pretendiente con la excusa de que sólo vivía para su hijo.
Un día, Dánae acudió a una fiesta que organizó el rey, con su hijo Perseo convertido ya en un fuerte y valeroso chicarrón. La fiesta comenzó a animarse, la bebida corría sin mesura y el rey Polidectes hizo una propuesta: pidió a los presentes que le entregasen un caballo cada uno como regalo para poder ofrecérselo a la princesa Hipodamía para conquistarla. Perseo no tenía caballo, pero animado por el exceso de vino, prometió al rey que haría cualquier cosa por complacerlo, incluso traer la cabeza de Medusa, una de las temibles gorgonas capaz de convertir a cualquier hombre en piedra con su mirada. Justo lo que Polidectes pretendía, una hazaña suicida que le despejaría el camino hacia Dánae.
A la mañana siguiente, y enviados por Zeus, Atenea (Minerva) y Hermes (Mercurio) le proporcionaron a Perseo consejos y armas para su valiente cruzada. Atenea le entregó un brillante escudo y el casco de Hades (Plutón), dios del inframundo. Un casco que otorgaba invisibilidad a quién lo llevara puesto. Hermes le regaló una espada curvada en forma de hoz y unas sandalias aladas. Para encontrar el escondite de Medusa, Perseo fue en busca de las Grayas, tres horribles ancianas que compartían un mismo ojo y un mismo diente, pasándoselos una a la otra alegremente. Perseo les arrebató el ojo y el diente, imponiéndoles la condición de que le revelaran dónde podía encontrar a Medusa. Las Grayas no tuvieron otra opción que mostrarle el camino a Perseo. Una vez en la residencia de las gorgonas, Perseo utilizó su casco de invisibilidad y el escudo reflectante para buscar a Medusa de forma indirecta, mirando su reflejo mientras se acercaba a ella. El cabello sinuoso de Medusa se contorsionó al percibir su presencia, pero ella no veía a nadie a quién atacar. Perseo cortó la cabeza de Medusa con su espada evitando su mirada. Introdujo la aún caliente cabeza en su bolsa y salió de aquella morada a toda prisa -utilizando sus sandalias aladas- perseguido por las furiosas hermanas de Medusa. De la sangre que brotaba de la cabeza decapitada de Medusa nacieron el caballo alado Pegaso y el gigante Crisaor.
Durante su viaje de regreso, Perseo se encontró con el titán Atlas que le entorpeció el camino. Al ver que Atlas no le permitía seguir, le mostró la terrible cabeza de Medusa que aún mantenía su poder. Atlas quedó transformado en una enorme cordillera de montañas, que hasta el día de hoy sostienen al cielo con sus cumbres.
Perseo siguió volando, atravesando el océano, hasta que encontró encadenada a una roca a una bellísima joven totalmente desnuda. Herida en brazos y piernas, la indefensa chica estaba a punto de ser devorada por Ceto, un gigante y terrible monstruo marino, hijo de Gea y Ponto. Perseo descendió a toda velocidad desde el cielo y atacó a Ceto en una lucha sin cuartel que se zanjó de nuevo con el arma secreta de Perseo, la cabeza de Medusa.
Una relación que empieza así, no puede terminar más que en matrimonio. La aliviada rescatada de la muerte era Andrómeda, hija del rey Cefeo y de la reina Casiopea. Al igual que Níobe, Andrómeda y su madre habían osado equipararse en belleza a las Nereidas, las ninfas del mar y encontraron la cruel ira de Poseidón. La única manera de calmar al dios del mar y que no destruyera su reino era ofreciendo a Andrómeda en sacrificio al monstruo Ceto.
Al final, Poseidón perdonó a Casiopea y le regaló una constelación en el cielo próxima a la constelación de Cefeo.
Tras resolver algunos malentendidos con el tío de Andrómeda y vengarse de Polidectes (utilizando de nuevo la dichosa cabecita de Medusa), Perseo y Andrómeda se casaron, fueron felices, y tuvieron seis hijos: Perses, Alceo, Heleo, Méstor, Esténelo, Electrión, y una hija llamada Gorgófone.
A su muerte, Perseo y Andrómeda recibieron por los dioses sendas constelaciones en su honor, con la inquietante presencia de la estrella Algol, que brilla de forma variable evocando al mortífero ojo de Medusa.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia
Las míticas hazañas de Perseo fueron muy populares entre los antiguos griegos, los cuales llenaron el cielo de
constelaciones que representaban a muchos de los personajes que hemos citado en esta mítica historia.
La constelación de Perseo representa a nuestro héroe y sus armas: el casco de Hades, el escudo de Atenea, y la espada en forma de hoz. Perseo porta en su mano la cabeza de Medusa, cuyo ojo corresponde a la estrella Algol también llamada Beta Persei.
Una estrella variable que cada 68 horas aproximadamente pierde de forma instatánea casi todo su brillo, el cual recobra al cabo de unas cinco horas.
En el esquema celeste, Perseo o Perseus se incluye en el conjunto que engloba a otras constelaciones con nombres como Cefeo, Casiopea, Andrómeda, el caballo alado Pegaso y el monstruo Cetus. Todo queda en casa.
Pero en esta constelación podemos encontrar algo más lírico. Podemos incluso hablar de lágrimas. Me estoy refiriendo a las Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo, una popular lluvia de meteoros o meteroides que todos los que vivimos en el hemisferio norte hemos observado alguna vez durante las noches de verano. Las lluvias de meteroides se denominan con el nombre de la constelación en donde se encuentra el radiante y tienen la particulariedad de que se repiten anualmente durante un período de tiempo concreto. El radiante de las Perseidas se halla localizado en la constelación de Perseo y Casiopea. El origen de las Perseidas o progenitor es el cometa 109P/Swift-Tuttle. Cuando este cometa, cuya órbita elíptica está en resonancia 1:11 con la del planeta Júpiter, pasa por el exterior del Sistema Solar, la interacción con el viento solar hace que su superficie se active. Los gases y materiales de la superficie del cometa salen despedidos al espacio, y pasan a orbitar al Sol en órbitas muy similares a las de su cometa de origen. Se forma lo que se denomina anillo de partículas o enjambre de meteoros. Cuando la órbita terrestre cruza los enjambres de cometas de periodo corto, se producen las lluvias de meteoros.
Uno de los primeros mártires del catolicismo fue San Lorenzo, uno de los siete diáconos de Roma que acabó sus días de forma terrible abrasado en una parrilla de fuego. La tradición dice que en medio de su letal condena, mientras se consumía su carne en el hierro candente exclamó: "Assum est, inqüit, versa et manduca" (¡Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho!)
En la Edad Media y el Renacimiento la lluvia de las Perseidas tenía lugar con mayor esplendor la noche de la festividad del 10 agosto, en la que se recordaba y veneraba a este irónico santo, de tal manera que se asociaron con las lágrimas que vertió el propio San Lorenzo cuando fue martirizado.
Cada verano que pasa, cuando observamos en una despejada noche las maravillosas Perseidas, ya sean como lágrimas de dolor o lágrimas de otro tipo, la sensación es la misma...la misma dolorosa sensación que tuvo el replicante Roy Batty. La pérdida de una experiencia en un tiempo que jamás volveremos a recuperar. Un verano más en la vida, un septiembre acechante, la cuenta atrás..., Medusa mirando de frente. Y seguimos aquí. Somos héroes como Perseo, durante un año más. Disfrutemos del espectáculo. :-)