miércoles, 31 de diciembre de 2025

Algunos libros de divulgación que he leído en 2025

Queridas y queridos amigos de EPAP, fiel a la tradición de este día os comparto algunas de mis lecturas de este año que termina. No ha sido un año especialmente bueno; de hecho, creo que es en el que menos divulgación he leído. Pero al fin y al cabo, esto no es ninguna competición. Pero el resto de lecturas sí que alcanzan las cifras de otros años... Y tampoco eso importa. ¿Qué importa entonces? Pues lo obvio: volver a escribir esta entrada y que la leáis. Os dejo con la metafoto y la lista de lecturas. 

 



La ciencia más joven (Lewis Thomas)

Desde que mi buen amigo José Ramón Alonso me descubrió a este autor, devoro cada uno de sus libros en cuanto caen en mis manos. Este, como tantos otros, no defrauda. Humanismo puro, una obra híbrida entre autobiografía, ensayo y reflexión sobre la medicina.

 

Miles de millones (Carl Sagan)

¿Carl Sagan otra vez? Pues sí. Leí este libro hace eones y este año ha caído de nuevo. Y me ha gustado más que la primera vez que lo leí, aunque es cierto que como cualquier libro de divulgación los avances de la ciencia lo dejan algo desactualizado. No importa, la lírica de Sagan es atemporal.

 

Ficciones con ciencia (Pedro Meseguer)

Es un libro que se disfruta con calma y curiosidad. Me ha gustado porque propone una lectura amplia y sugerente de la literatura desde la mirada de la ciencia, sin encorsetarse en la ciencia ficción clásica ni caer en el tecnicismo innecesario. El autor demuestra una doble sensibilidad, científica y literaria, que se agradece. Cada reseña invita a releer (o descubrir) las obras que comenta.  El tono es divulgativo y ameno, interesado en hacer pensar e incitar a la lectura. 

 

La ciencia y el azar (Mireia Ortega) 

Una obra que fascina precisamente por cómo reconcilia el rigor con la sorpresa. Mireia Ortega nos lleva de la mano a través de un viaje por más de tres siglos de ciencia, no desde la perspectiva de las teorías perfectamente encadenadas, sino desde esos momentos aparentemente fortuitos en que la casualidad, la curiosidad y una mente atenta se combinan para producir descubrimientos que transforman nuestra comprensión del mundo. Lo que más brilla en este libro es su capacidad para desmitificar el proceso científico. Aquí no hay héroes solemnes que, con precisión matemática, alcanzan verdades eternas; en su lugar, encontramos seres humanos que tropiezan, observan lo inesperado y, gracias a su preparación y perspicacia, convierten lo accidental en avance. El relato del accidental hallazgo de la penicilina, de los rayos X o del velcro —entre muchos otros— no solo nos hace pasar un buen rato, sino que también nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza misma del conocimiento científico, un proceso que a menudo se abre camino más por una serendipia (siempre en mentes preparadas) que por el cálculo exacto. Must

 

El gran salto al abismo (Jesús Sáez Carreras)

Me encantó este libro, esta historia de un personaje mítico como fue Carlos González, que merecería una serie de televisión sobre su vida. Un libro inspirador y aconsejable para cualquiera que se quiera acercar a la historia de la carrera espacial y el papel que tuvo España en el programa Apolo.

 

La herencia de Eva (Carmen Estrada)

Tuve el honor de compartir docencia con Carmen en uno de los cursos de este verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Aparte de ser una persona encantadora, Carmen representa el siempre interesante y necesario perfil de una científica de alto nivel, como lo es ella, interesada en las humanidades y el mundo clásico. Este libro es una gozada para todos los que disfrutamos con aquello que se llama Tercera Cultura.

 

Tesla y Einstein juegan al ajedrez (Eugenio Manuel Fernández Aguilar) 

Otra genialidad de Eugenio M. Fernández Aguilar, quizá el divulgador científico nacional en mejor forma este año. Es un libro de divulgación que recomiendo en especial porque cuenta buenas historias a partir de objetos cotidiano. La estructura de cada capítulo es uno de sus grandes aciertos. Primero se presenta un invento concreto y se cuenta su historia, con sus protagonistas, contextos y problemas reales. Después, el autor desciende a la ciencia que hay detrás, explicando con claridad los principios físicos, químicos o tecnológicos implicados. Y, por último, cada capítulo se cierra con una propuesta de experimento, sencilla y didáctica, que permite al lector acercarse de primera mano a ese conocimiento científico y comprobarlo por sí mismo. Por ejemplo, el secador de pelo. Sabemos que el agua hierve a 100 °C en condiciones ideales, pero también sabemos —por pura experiencia cotidiana— que un derrame de agua en una encimera de cocina se seca en un rato sin llegar a esa temperatura. La explicación está en el modelo cinético-molecular de la materia, desarrollado por científicos como Daniel Bernoulli, Ludwig Boltzmann y James Clerk Maxwell, que describe cómo las moléculas se mueven y cómo algunas pueden escapar de la fase líquida incluso a temperaturas moderadas. Gracias a ese conocimiento, inventores como Alexander Godefroy pudieron diseñar dispositivos capaces de acelerar la evaporación: el secador de pelo deja de ser un simple electrodoméstico para convertirse en una aplicación directa de la física estadística. Un libro muy pedagógico, ameno y estimulante, que invita tanto a leer como a pensar y experimentar.

 

¿Cómo sobrevivir a la incertidumbre? (Anabel Forte)

Este libro me atrapó desde sus primeras páginas por cómo desmonta la idea de que la estadística es algo árido o solo numérico para convertirla en una herramienta viva para entender el mundo. A través de situaciones cotidianas y la vida de una familia corriente (como puede ser también la mía), Anabel Forte nos muestra que casi todas las decisiones que tomamos —desde interpretar una encuesta o un gráfico hasta evaluar la probabilidad de lluvia o de un diagnóstico médico— descansan en conceptos estadísticos que vale la pena conocer. Lo que más me ha gustado es cómo combina contexto, historia y explicación científica, ya que en cada capítulo se plantea un problema real o una pregunta familiar, se contextualiza con personajes e hitos históricos y después se explica la teoría estadística que hay detrás, siempre con claridad y rigor, pero sin perder el pulso humano. Imprescindible.

 

La formación de los elementos químicos (Enrique Nácher y Sergio Pastor)

Es un libro que cumple con los estándares de la colección de Catarata.  Rigor y amenidad. En este caso, sobre la formación de los elementos químicos. Está muy bien escrito y es un texto divulgativo muy aconsejable si os interesa esta temática. 

 

Viaje al mar de la tranquilidad (Hugo Young, Bryan Silcock y Peter Dunn)

Esta delicatesen es  una crónica entusiasta y detallada de, en mi opinión, el momento más emblemático del siglo XX: la llegada del ser humano a la Luna. Publicado en plena euforia espacial es una narración solo apta para espaciotrastornados, ya que el estilo puede cansar. Los autores trazan un relato que mezcla historia, ciencia y periodismo. Desde los primeros pasos de la exploración lunar hasta la culminación con la misión Apolo 11, su narrativa explora las motivaciones políticas, tecnológicas y humanas que impulsaron la gran odisea lunar. Lo dicho, solo para enfermos como yo y otros tantos que pululáis por aquí, que os conozco. ;) 

 

Pioneros del cosmos (Antonio Pérez Verde)

De mis mejores lecturas de este año que acaba. Antonio Pérez Verde es un gran escritor y divulgador; y este es uno de esos libros que nos recuerdan por qué la divulgación científica importa. Con una prosa clara y elegante, Antonio nos guía por la historia de quienes ampliaron nuestra mirada del universo, no desde el pedestal del genio aislado, sino desde la realidad humana de la ciencia, esa ciencia de los cielos del trabajo paciente, intuición, errores y descubrimientos que, poco a poco, fueron dando forma a nuestra idea del cosmos. El autor combina rigor con cercanía, evitando los tecnicismos innecesarios sin renunciar a explicar las ideas fundamentales que cambiaron nuestra forma de entender el cielo. Pero lo que hace más grande a este libro no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Pioneros del cosmos es un homenaje a la ciencia como empresa colectiva y a quienes, a menudo desde la sombra, hicieron posible los grandes avances. Es una lectura que informa, inspira y ensancha horizontes, recordándonos que cada vez que miramos al cielo lo hacemos gracias a generaciones de mujeres y hombres que se atrevieron a preguntar. Un gran libro de historia de la ciencia, de los que se leen con placer y se recomiendan con entusiasmo. No os lo perdáis. 

 

Lo que no te esperas del sexo (Raquel Carnero y Luis Marcos)

Este divertido libro se adentra en el terreno de la sexualidad real —lejos de clichés, silencios y moralinas— para hablar con claridad de infecciones de transmisión sexual, prevención, riesgos y falsas creencias. Lo hace con un tono directo y cercano, apoyado en información científica sólida, demostrando que se puede explicar bien sin asustar, y concienciar sin caer en el paternalismo. Aquí el conocimiento no se usa para juzgar, sino para ayudar. Me ha gustado bastante, la verdad.

 

Con algoritmos y a lo loco (Clara Grima)

Siempre digo que la divulgación de las matemáticas es el subgénero más difícil de tratar. Y aquí Clara lo hace de forma magistral, con la naturalidad que la caracteriza, con su rigor y pasión por la comunicación. Es un libro divertido, ameno, cercano y de alto valor divulgativo. 

  

Historia de los dientes y dentistas (José Ramón Alonso)

Otro colosal trabajo de este titán de la divulgación. En esta ocasión nos lleva por los caminos de la historia a través de un elemento tan presente e importante como son los dientes. Es una gozada de libro.

 

El río de la conciencia (Oliver Sacks)

Todo lo que escribió Sacks es una delicia, pese a que este año hemos descubierto esto. Polémica aparte, este libro recoge diez ensayos póstumos escritos con la curiosidad insaciable que caracterizó toda su carrera. Aquí Sacks no se limita a la neurología clínica, sino que explora con su habitual mezcla de rigor y escritura elegante temas como la evolución, la memoria, la percepción del tiempo, la creatividad y la propia naturaleza de la conciencia, enlazando a Darwin, Freud o William James con observaciones sorprendentemente vívidas sobre plantas, animales y la mente humana. 

 

Diccionario meteorológico y climático (José Miguel Viñas)

Versión en tamaño manejable de Conocer la meteorología, que reseñé tal día como hoy pero en 2019.  No lo he vuelto a leer, pero sí a consultar en varias ocasiones. Es un imprescindible.

 

Historia del cero (Eugenio Manuel Fernández Aguilar)

Lo que he dicho antes: Eugenio está en forma. Y lo vuelve a demostrar con otro título publicado este año. Un ensayo divulgativo ambicioso que convierte un símbolo aparentemente simple —el cero— en protagonista de una de las revoluciones intelectuales más profundas de la historia humana. Eugenio Manuel Fernández Aguilar traza con claridad el viaje cultural y matemático de esta idea: desde su ausencia en las antiguas civilizaciones de Egipto y Mesopotamia hasta su pleno desarrollo en la India, su paso por el mundo islámico y su consolidación en Europa medieval, y finalmente su centralidad en nuestra era digital. El cero deja de ser «nada» para ser la piedra angular de la aritmética posicional, del código binario que sostiene la informática y de muchas de las estructuras que damos por sentadas en la ciencia y la tecnología. Para mí, lo más valioso de este libro no es solo explicar cómo surgió y se difundió este concepto, sino hacerlo con una sensibilidad histórica, filosófica y cultural. Eugenio nos invita a reflexionar sobre el vacío, la ausencia y el sentido de lo inexistente, mostrando cómo el cero no solo transformó las matemáticas, sino también nuestra forma de pensar y de concebir el mundo. Librazo.

 

Enigmas matemáticos para resolver mientras haces caca (Santi García Cremades)

Divertidísimo. Y de lo más estimulante. Confieso que he estado inmerso en estos desafíos pero no lo he hecho en la fría situación que sugiere su título. Tampoco hay que ser estrictamente matemático para seguir ciertas indicaciones. Y además recomiendo leerlo con lápiz y papel cerca; y mejor un papel que permita escribir. Lo más valioso de esta pequeña e irreverente obra es su capacidad de reunir entretenimiento y educación. Cada enigma funciona como un pequeño destello de eureka, una invitación a jugar con ideas matemáticas. Leedlo porque pasaréis un buen rato.

 

La teoría de todo lo demás (Dan Schreiber)

Es un libro tan loco como su título promete. Se trata de una colección de ideas, fenómenos y teorías tan extravagantes, provocadoras y descojonantes que desafían nuestra manera habitual de pensar sobre el mundo. Schreiber reúne en esta obra una especie de antología de curiosidades que va desde las preguntas profundas sobre la existencia y el universo hasta los misterios más mundanos (como por qué las cortinas de la ducha se mueven hacia dentro) y las teorías más audaces sobre fantasmas, viajes en el tiempo o civilizaciones ocultas. Ideal para pasar un gran rato y descubir anomalías y rarezas varias.

 

Una apacible turbulencia (Antonio Ayuso)

No sabría cómo clasificar este libro, si como de divulgación o como prosa poética. Lo cierto es que me ha gustado especialmente, con solo una ligera salvedad que explicaré después. Estamos ante un precioso ensayo que emerge como una de esas lecturas capaces de hacerte mirar el mundo con ojos nuevos. Y lo hace desde la compleja física de un simple humo de cigarrillo que se enrosca en el aire hasta los remolinos que forman los ríos, donde cada pregunta aparentemente trivial se convierte aquí en una vía para explorar los lazos entre la ciencia, la filosofía y la experiencia humana. Ayuso invita a pasear por lo empírico y lo trascendente sin separarlo del todo de lo cotidiano, cruzando sin esfuerzo la frontera entre una observación técnica y una reflexión existencial sobre nuestra relación con el conocimiento.  Es una mezcla de rigor científico y sensibilidad literaria, un cóctel de ciencia y poesía.

Por poner un pequeño «pero», que me dejó bastante desconcertado, hay un momento del libro donde se cita un estudio sobre el fenómeno de la biocomunicación, algo que podría quedar bien dentro del tono general del libro, con metáforas de todo tipo. Pero es que ese estudio en concreto es todo un ejemplo de anticiencia. Solo era necesario aclararlo en las notas finales del libro. Ojalá lo haga el autor en una próxima edición.

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Resto de lecturas (novelas, poesía, ensayos y cómics): 

 


 Los dedos de la aurora (Luis Alberto de Cuenca)

Dickinson y las violetas (Jesús Marchamalo) 

Animales difíciles (Rosa Montero) 

Ultra Brutal (Miguel Ángel Martínez)

Entender el cómic (Scott McCloud) 

Alan Moore: Biografía (Gary Spencer) 

El vigilante de sala (J.M. Coetzee) 

Daredevil amarillo (Jeph Loeb y Tim Sale)

La visión (Tom King, G. Hernández y Michael Walsh)

La lana de la salamandra (Giampiero Rossi) 

Marvel. 80 años: la historia de un fenómeno de la cultura pop 

El último barco a América (Paco López Mengual)

Carpe diem (Emilio del Río) 

Obra hermética (Moebius) 

El fin del arte (Tatiana Abellán) 

La vida imaginada (Jesús Marchamalo) 

Un libro para cada año de tu vida (Fernando Bonete) 

Pudimos ser héroes (Graziella Moreno)

Cien libros, una vida (Antonio Martínez Asensio)

Alas de cisne (Luis Alberto de Cuenca) 

A cara descubierta (Luis Alberto de Cuenca)

Morir dos veces (Susana Rodríguez Lezaun) 

La galería (Nacho Ruiz)

U.N.I. (Antonio Garber)

Guerra mundial Z (Max Brooks)

Alimentar a los fantasmas (Tessa Hulls)

No todos volvimos de Troya (Maru Bernal)

Animales mitológicos (Carlos Lobato)

Amor, poesía, sabiduría (Edgar Morin)

Superman All-Star (Grant Morrison)

Blackwater. La riada (Michael McDowell)

Sobre la felicidad (Séneca)

Sobre lo útil (Cicerón)

Paseos al claro de luna (Antonio López Fonseca)

La filosofía en la antigua Roma (Antonio López Fonseca y José M. Ruiz Vila)

Valdepeñas, muy heróica y benemérita ciudad (Tomás García Castro)

Cuentos (Ray Bradbury)

Winter Queen (Fernando Dagnino)

El invitado de Drácula (Bram Stocker)

Daredevil. Padre (Joe Quesada)

El lado feo del bordado (Nacho Tomás)

La vacuna contra la insensatez (José Antonio Marina) 

El mundo acabará en viernes (Manuel Moyano)

El cuaderno oscuro (Miguel Ángel Delgado)

La huerta en haikus (VV.AA.)

Tres cucharadas de lentejas (Paco López Mengual)

Encías quemadas (Natalia Velarde) 

 

¡Feliz 2026! 


 
 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Carl Sagan y el invierno nuclear


Hoy, 20 de diciembre, se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Carl Sagan (1934–1996). En este blog lo hemos recordado muchas veces, pero quizá el mejor homenaje no sea contar lo ya contado, sino rescatar una faceta menos conocida y sorprendentemente actual.

Porque Sagan no solo nos enseñó a mirar el cielo. También nos advirtió de lo que podíamos hacernos a nosotros mismos. Y es terrible.

A comienzos de los años ochenta, en plena Guerra Fría, Sagan encabezó —junto a Richard P. Turco, Owen Toon, Thomas Ackerman y James Pollack— una investigación que cambiaría la forma de entender una guerra nuclear. El trabajo, conocido como modelo TTAPS, fue publicado en 1983 en la revista Science bajo un título tan sobrio como inquietante: Nuclear Winter: Global Consequences of Multiple Nuclear Explosions (Invierno nuclear: consecuencias globales de múltiples explosiones nucleares). 

Hasta entonces, el debate sobre las armas nucleares se había centrado casi exclusivamente en la destrucción inmediata: explosiones, radiación, víctimas directas. El estudio introdujo una idea radicalmente distinta y científicamente fundamentada: el verdadero peligro podía llegar después.

Los autores analizaron los incendios masivos que seguirían a una guerra nuclear a gran escala. Millones de toneladas de hollín y humo ascenderían a la atmósfera superior, bloqueando la radiación solar durante meses o incluso años. El resultado sería un descenso brusco de las temperaturas globales, el colapso de la fotosíntesis y una crisis agrícola planetaria.

No se trataba de especulación apocalíptica, sino de modelos climáticos comparables a los que Sagan llevaba años utilizando para estudiar Venus y Marte. La Tierra, por primera vez, era analizada como un planeta vulnerable… también a nuestras propias decisiones.

El concepto de invierno nuclear fue polémico, discutido y refinado, como ocurre con toda buena ciencia, pero su núcleo nunca desapareció. Décadas después, estudios sobre incendios masivos y conflictos nucleares regionales han confirmado que los efectos climáticos globales son plausibles y graves.

Sagan entendió algo esencial, que si la ciencia detecta un riesgo existencial, callar también es una forma de irresponsabilidad.

Por eso llevó sus conclusiones fuera de los laboratorios. Compareció ante el Senado de Estados Unidos, escribió artículos divulgativos y habló en medios de comunicación explicando que la disuasión nuclear descansaba sobre una peligrosa ilusión de control tecnológico. Lo hacía desde una posición incómoda, la del científico que no separa el conocimiento de sus consecuencias éticas.

Hay una coherencia profunda en esta historia. El mismo investigador que ayudó a explicar el efecto invernadero desbocado de Venus fue quien alertó de un enfriamiento global autoinfligido en la Tierra. Para Sagan, estudiar otros mundos nunca fue una evasión romántica, sino una manera de entender hasta qué punto un planeta habitable es frágil.

La exploración del cosmos, insistía, no nos hace más poderosos. Nos hace más responsables.


En una entrevista televisada, Carl Sagan dejó una de las metáforas más certeras sobre la carrera armamentística nuclear:

«Imaginemos una habitación inundada de gasolina. En ella hay dos enemigos implacables. Uno tiene 9.000 cerillas. El otro tiene 7.000… Esa es exactamente la situación en la que nos encontramos.»

Hoy, casi treinta años después de su muerte, la frase sigue siendo actual e inquietante...

Recordemos a Carl Sagan en este aniversario, porque no es solo celebrar su capacidad para despertar asombro. Es también una manera de reivindicar su valentía intelectual para decirnos que la inteligencia tecnológica sin sabiduría moral puede convertirse en una amenaza evolutiva.

Y que, en ciencia como en la vida, mirar al cielo no sirve de nada si olvidamos cuidar el suelo que pisamos. 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Aldous Huxley y Iron Maiden, la música de 'Un mundo feliz'


 



Este domingo que cierra una semana donde Robe Iniesta nos ha dejado huérfanos, me apetece compartir con vosotros esta extraña conexión.
 
A primera vista, Aldous Huxley y Iron Maiden no deberían compartir espacio en la misma frase. El primero, un intelectual británico, heredero de una estirpe científica y literaria, autor de una de las distopías más influyentes del siglo XX. Los otros, estandarte del heavy metal, banda sólida con guitarras afiladas, camisetas negras con la imagen de Eddie The Head y estadios llenos.

Huxley publicó Un mundo feliz en 1932, cuando el siglo XX aún se permitía creer en el progreso sin demasiadas dudas. Lo que propuso no fue una distopía de botas militares y censura explícita, sino algo mucho más perturbador, una sociedad perfectamente funcional, estable, productiva y feliz… a costa de haber renunciado al pensamiento crítico, a la cultura profunda y a la libertad real. ¿Nos suena? No hacía falta prohibir libros, porque nadie quería leerlos. No hacía falta reprimir, porque la química, el entretenimiento y el consumo mantenían a la población dócil. Huxley entendió que el control más eficaz no se impone por la fuerza, sino por la comodidad.

Décadas después, en un contexto radicalmente distinto, Iron Maiden llevaba ya un cuarto de siglo demostrando que el heavy metal podía ser muchas cosas, pero no simple. Desde su fundación en el Londres de mediados de los setenta, la banda de Steve Harris construyó un imaginario donde la historia, la literatura, la guerra, el mito y la ciencia convivían con guitarras afiladas y baterías galopantes. Mientras otros grupos apostaban por la provocación inmediata, Iron Maiden apostó por canciones largas, letras densas y referencias que exigían algo más al oyente.

Cuando en el año 2000 publicaron Brave New World (Un mundo feliz), nada en aquel título era azaroso. El disco marcaba el regreso de Bruce Dickinson y Adrian Smith y abría una nueva etapa creativa para la banda, pero también funcionaba como una declaración de intenciones. Llamar así a un álbum en el cambio de milenio no era solo un guiño literario elegante. Sonaba a advertencia.

Brave New World no narra la novela de Huxley, no describe castas ni laboratorios ni condicionamientos infantiles. Hace algo más sutil y, por eso, más fiel al espíritu del libro. Transmite la sensación de inquietud de un mundo que parece avanzar, pero en el que algo esencial se ha perdido por el camino. El futuro que canta Iron Maiden no es brutal ni explícitamente opresivo; es extraño, frío, ligeramente deshumanizado. Exactamente el tipo de futuro que Huxley temía.

Hay algo profundamente irónico —y revelador— en que sea una banda de heavy metal la que recoja este testigo. Porque el metal, en sí mismo, es casi una anomalía huxleyana. No es música cómoda. No es breve. No es de consumo rápido ni de fondo. Exige tiempo, volumen, implicación. En un mundo diseñado para la distracción constante, el metal resulta casi subversivo: no anestesia, despierta. No relaja, sacude. No simplifica, complica.

Huxley temía una humanidad adormecida por el placer químico, por la felicidad obligatoria y por la ausencia de conflicto intelectual. Iron Maiden, con su música intensa y su obsesión por contar historias incómodas, actúa justo en la dirección contraria. Obliga al oyente a enfrentarse a la épica, a la tragedia, al miedo, a la historia y al futuro. Obliga, por decirlo de alguna manera, a pensar. 
 
Y hasta aquí la brasa, ¡¡qué suene la música!!. :-)
 
 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Jane Marcet, la divulgadora favorita de Michael Faraday

Retrato de Jane por Edgar Fahs, Smith Collection (University of Pennsylvania)

 
Jane Haldimand Marcet (1769-1858) nació en Londres en una familia culta con raíces suizas. Recibió una educación exquisita en su casa, junto a sus hermanos, en latín, historia y en ciencia natural, una rareza para una mujer en esa época. Pero fue porque su padre creía en una educación más amplia para sus hijos sin distinciones. 

Aunque no fue lo que se dice «química de laboratorio» en sentido académico (las mujeres tenían, por desgracia, vetado el acceso a las universidades), Marcet desarrolló una curiosidad insaciable por entender la ciencia que escuchaba en tertulias y conferencias públicas en Londres. Asistió a las famosas charlas de Humphry Davy en la Royal Institution y se dio cuenta de que muchas de las ideas que se presentaban allí eran hermosas, pero inaccesibles para quienes no tenían formación científica. 

De esa inquietud nació su obra más famosa: Conversations on Chemistry, publicada por primera vez en 1805 (aunque muchas ediciones tempranas no llevaban su nombre). En lugar de un tratado denso, Marcet eligió un formato conversacional: una tutora, Mrs. B., dialoga con dos jóvenes, Caroline y Emily, sobre conceptos como elementos, gases, reacciones e incluso temas que estaban en la frontera del conocimiento de su tiempo. Lo que Marcet hacía era simplemente desmontar la jerga y devolver la química a lo esencial: curiosidad, ejemplos cotidianos y claridad explicativa.

 

 
El impacto de este libro fue enorme. Se reeditó decenas de veces en Inglaterra y Estados Unidos, y fue usado como texto introductorio de química durante décadas. Pero hay una anécdota histórica que a mí me conmueve especialmente. Una copia de este libro llegó a las manos de un aprendiz de encuadernador llamado Michael Faraday cuando era adolescente. Faraday, que carecía de educación formal, leyó el libro con avidez y reconoció más tarde que Conversations on Chemistry fue la chispa que encendió su vocación científica. Faraday se convertiría, con el tiempo, en uno de los más grandes físicos y químicos de la historia, precisamente explorando la electricidad y el magnetismo, campos que entrañaban profundas implicaciones químicas y físicas.

Ese es el poder de la buena divulgación científica, la que no solo transmite conocimientos sino que puede cambiar vidas. Marcet no estaba redactando para ganar un Nobel, estaba escribiendo para compartir la belleza de la ciencia con quien tuviera curiosidad. Y lo logró con una prosa franca, exenta de pedantería y ornamentos, que hoy nos sigue pareciendo moderna.

Además de química, escribió sobre economía, botánica o filosofía natural, siempre con la misma intención. La de hacer accesible la comprensión de aspectos complejos a través de la conversación, el ejemplo y la claridad. No la olvidemos.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Oliver Heaviside, el olvidado traductor del electromagnetismo

 



Hay personajes en la historia de la ciencia que parecen haber nacido para ocupar un discreto segundo plano, aunque sus ideas hayan cambiado el mundo. Oliver Heaviside (1850–1925) es uno de ellos. No aparece en las camisetas de ciencia, no protagoniza series, apenas suena en las facultades más allá de una mención rápida. Y, sin embargo, buena parte de lo que hoy llamamos tecnología moderna —teléfonos, radio, transmisión eléctrica, ingeniería de señales— está construido sobre su manera de pensar.

Heaviside nació en Camden Town, Londres, en una familia más bien pobre. De niño sufrió escarlatina, que le dejó una sordera progresiva. Ese aislamiento forzado marcó su carácter solitario, pero también lo empujó hacia los libros, donde encontró un universo más amable que la sociedad victoriana. De adolescente cayó en sus manos el monumental tratado del genial nerd James Clerk Maxwell sobre electricidad y magnetismo. No era precisamente una lectura ligera: veinte ecuaciones en componentes, una estructura matemática densa y una presentación más cercana a la metafísica que a la ingeniería. Pero Heaviside vio en aquel laberinto una belleza que muchos contemporáneos no fueron capaces de reconocer.

Su gran mérito —y probablemente la razón por la que su nombre debería estar mucho más alto en la historia de la ciencia— fue simplificar lo complejo. A partir de 1884 reformuló toda la teoría de Maxwell en el lenguaje de los vectores, condensando aquel bosque casi impenetrable en las cuatro ecuaciones de Maxwell tal y como las aprendemos hoy. Se suele decir que Maxwell creó la sinfonía y Heaviside la afinó para que sonara en todas partes. Sin esa simplificación, el electromagnetismo quizá habría tardado décadas en volverse operativo para los ingenieros.
 


Pero Heaviside vivió siempre en los bordes del sistema científico. No tenía titulación universitaria, no ocupó un puesto académico y trabajó desde su casa —primero en Londres, luego en Devon—, rodeado de papeles, instrumentos y, según las anécdotas, incluso paredes recubiertas de zinc para «protegerse» de interferencias. Hoy sería el prototipo de investigador independiente al que nadie sabría muy bien si financiar o no, pero que acaba revolucionando tres disciplinas a la vez.

Sus aportaciones fueron muchas y casi siempre adelantadas a su tiempo. En teoría de líneas de transmisión, explicó por qué los cables telegráficos distorsionaban las señales y propuso una solución que cambiaría las telecomunicaciones: añadir bobinas de carga (loading coils) para compensar la dispersión. No se le hizo mucho caso al principio, pero cuando las grandes compañías probaron la idea descubrieron que funcionaba. De repente, distancias que parecían imposibles se volvieron rutinarias.

En 1902 dio otro salto audaz: predijo que debía existir una capa electrificada en la atmósfera, capaz de reflejar ondas de radio y permitir comunicaciones a miles de kilómetros. Lo hizo de manera independiente al estadounidense Arthur Kennelly. Décadas después, cuando se pudo confirmar, la llamaron capa Kennelly–Heaviside. Hoy sabemos que es parte de la ionosfera, pero el debate sobre quién la anticipó primero rara vez llega al gran público. De nuevo, Heaviside quedaba en segundo plano.

Otro de sus legados, quizá menos vistoso pero igual de profundo, fue el cálculo operacional, un método que permitía manipular operadores diferenciales como si fueran cantidades algebraicas. Sus contemporáneos lo miraron con recelo; les parecía una herejía matemática. Pero a los ingenieros les resultó extraordinariamente útil, y años más tarde se reconoció que aquello era básicamente una forma temprana de lo que hoy conocemos como transformada de Laplace aplicada a circuitos.

¿Por qué un personaje tan decisivo se diluyó en la memoria colectiva? Probablemente por una mezcla de factores: su carácter excéntrico y poco sociable, la falta de un puesto institucional, la dificultad para encajar en un mundo académico que desconfiaba de los autodidactas. Pero también porque sus aportaciones eran tan prácticas, tan orientadas a resolver problemas reales, que muchos las dieron por hechas sin preguntarse quién había tenido la idea original.

Recordar a Oliver Heaviside es un acto de justicia, pero también supone una invitación a repensar cómo funciona la ciencia. Porque no siempre se avanza desde los grandes laboratorios ni desde los despachos universitarios. A veces se hace desde la mesa del comedor de alguien que, armado con lápiz, intuición y una determinación casi heroica, decide que las ecuaciones de Maxwell pueden escribirse mejor y que las señales pueden viajar más lejos.

Y en este caso, tenía razón.
 
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Más información relacionada en EPAP:
 
 

sábado, 12 de abril de 2025

'Alan Turing: el legado de un genio' [Libro]


Os presento un nuevo libro colectivo que he tenido el honor de coordinar y prologar: Alan Turing: el legado de un genio (Editorial Pinolia, 2025). Una obra coral que rinde homenaje a uno de los grandes protagonistas de la ciencia del siglo XX, cuya vida y legado siguen marcando nuestro tiempo.

Alan Turing fue muchas cosas: brillante matemático, criptoanalista decisivo en la Segunda Guerra Mundial, pionero de la informática teórica, precursor de la inteligencia artificial y, lamentablemente, víctima de una época que no supo reconocer su humanidad.

Este libro traza un recorrido por su vida y obra desde una doble vertiente: la científica, rigurosa y apasionante, y la humana, profundamente conmovedora. A lo largo de sus capítulos, escritos por reconocidos divulgadores y divulgadoras, abordamos sus contribuciones esenciales: la creación de la máquina de Turing, su visión de la computación universal, el test de Turing y su trabajo en Bletchley Park, que ayudó a cambiar el rumbo de la guerra.

Pero también hay espacio para reflexionar sobre el contexto en el que vivió, las injusticias que sufrió y cómo su figura ha sido, poco a poco, recuperada y celebrada por la comunidad científica y por la sociedad en su conjunto.

Gracias a todos los autores y autoras que han participado con pasión y conocimiento, y a la editorial Pinolia por hacer posible este homenaje.

Tenéis todos los detalles aquí: https://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=11291&edi=9

sábado, 5 de abril de 2025

'Ese punto azul pálido' cumple 15 años

 


Hoy este blog está de celebración. Quince años orbitando y compartiendo mi pasión por la ciencia y su divulgación. Quince años de curiosidades, historias, exploración espacial, libros, galaxias y lírica. Quince años de Ese punto azul pálido, que empezó como una pequeña semilla entre la blogosfera y que se ha convertido en todo un adolescente.

Cuando empecé esta aventura no sabía a dónde me llevaría. Solo tenía claro que quería contar cosas. Cosas de índole personal al principio, mis intereses, lecturas y aficiones. Cosas que a veces se perdían entre el ruido, entre la desinformación, entre la indiferencia... Quería hablar de química sin complejos, de historia sin dogmas, de ciencia con emoción. Y de todo lo que se me pusiera por delante y me llamara la atención.


En estos 15 años he aprendido mucho más de lo que he enseñado y he conocido gente increíble. He descubierto que la ciencia no solo explica el mundo: también lo embellece. Que una tabla periódica puede contener más poesía que un soneto. Que un fósforo encendido puede evocar tanto misterio como una galaxia. Y que el conocimiento, cuando se comparte, se multiplica.

Gracias a quienes habéis leído, comentado, discutido o simplemente pasado por aquí en estos tres lustros. Gracias por estar en este viaje. No tengo del todo claro hacia dónde vamos, pero sí sé desde dónde partimos: desde un pequeño punto azul pálido, frágil y valioso, que merece ser conocido, respetado y contado.

Seguiremos escribiendo por aquí, aunque solo sea para compartir mis lecturas del año o celebrar aniversarios. :-P

 

Y por cierto, tenéis un nuevo libro mío a vuestra disposición en vuestra librería de barrio preferida. Una particular historia de la ciencia y la tecnología, que espero os guste en caso de que os atreváis a abordarla. ;-)



 Salud

domingo, 12 de enero de 2025

Una piscina llena de galaxias

Os dejo un interesante vídeo para esta jornada de domingo. Lo he encontrado en el canal de Epic Spaceman, al que he llegado a través de la newsletter de Polymatas. ¿Queréis que os estalle la cabeza? Pues dadle al play. ;)