viernes, 9 de junio de 2023

'La costumbre ensordece', de Miguel A. Delgado [Libro]

 

Ficha del libro | Enlace


La última obra de Miguel Ángel Delgado, La costumbre ensordece, es un auténtico tesoro destinado a convertirse en un éxito. Pasear por sus páginas es pasear por la vida cotidiana de un día cualquiera, desde que suena el despertador hasta que nos acostamos. Y esto, que puede parecernos intrascendente comparado con historias de civilizaciones extintas, agujeros negros o singularidades cuánticas, lo convierte precisamente en una fascinante aventura que nos descubre lo más cercano.

Una de las grandes fortalezas de esta obra radica en la originalidad y profundidad con la que el autor explora la conexión humana con la ciencia, la tecnología y la cultura. Delgado nos invita a reflexionar sobre la importancia de cada pequeño acto que conforma nuestra vida diaria, desde el sonido del despertador hasta el momento de descanso en la noche. 

Es más que destacable la habilidad de Delgado para seleccionar referencias culturales bien traídas y entrelazarlas de manera magistral en su narrativa. La prosa es fluida y evocadora, marca de la casa Delgado, capturando con acierto la esencia de cada momento de nuestro día a día. Sus descripciones, su cercanía... nos transportan a los escenarios que nos propone, permitiéndonos experimentar los sonidos, los olores y las emociones con una intensidad sorprendente.

Termina el libro con un brillante epílogo, del que me resisto a comentar nada, para no estropear el Grand Finale. Solo deciros, que tras leerlo busqué en mi biblioteca las palabras de uno de mis poetas favoritos de la segunda mitad del siglo XX (con permiso de mi amigo Luis Alberto de Cuenca). 

Y así, con Jaime Gil de Biedma y sus Noches del mes de junio cierro esta pequeña reseña de un libro que me ha encantado y perturbado.

Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
                                                                          nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
 
Eran las noches incurables
                                                       y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
 
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
           o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
                                              Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.