
Hay libros que uno lee y olvida. Y hay otros que se quedan, no tanto por lo que cuentan, sino por las preguntas que dejan abiertas. Solaris, de Stanisław Lem, pertenece sin duda a este segundo grupo. No os exagero nada si digo que es uno de mis libros favoritos. Y la adaptación cinematográfica de Andrei Tarkovsky en 1972 es también una de esas películas a las que siempre vuelvo, quizá porque nunca termino de entenderlas del todo. O, mejor dicho, porque cada vez las entiendo de una manera distinta.
La premisa es, en apariencia, sencilla: un planeta cubierto por un océano que parece estar vivo. Los científicos llevan décadas estudiándolo, catalogando sus estructuras, inventando nombres —mimoides, simetríadas—, construyendo toda una disciplina, la solarística. Es el triunfo del impulso humano por clasificar, medir, comprender. Y, sin embargo, nada de eso sirve realmente.
Y ese es, quizá, el núcleo más fascinante de la obra de Lem: la sospecha de que puede haber realidades que no solo no comprendemos, sino que no podemos comprender. No por falta de datos, ni por limitaciones tecnológicas, sino porque nuestro modo de conocer está inevitablemente condicionado por lo que somos.
En ciencia tendemos a pensar —y con razón, la mayor parte del tiempo— que conocer es acercarse a la verdad. Que con más observaciones, mejores teorías y modelos más refinados iremos desentrañando los secretos del universo. Lem introduce una grieta inquietante en esa confianza: ¿y si el problema no está en los datos, sino en nosotros?
Tarkovsky, por su parte, lleva esta idea a un terreno aún más incómodo. Si en la novela ya hay una profunda reflexión epistemológica, en la película esa reflexión se vuelve íntima, casi dolorosa. Porque el océano de Solaris no responde con ecuaciones ni patrones físicos. Responde con recuerdos. Materializa lo más profundo de la mente de los científicos: sus culpas, sus pérdidas, sus heridas.
Y entonces la pregunta deja de ser científica para convertirse en existencial.
¿Qué significa conocer algo verdaderamente ajeno, si solo podemos interpretarlo a través de nosotros mismos? ¿Es posible el contacto con una inteligencia radicalmente distinta, o estamos condenados a proyectarnos incluso en aquello que nos trasciende?
Siempre me ha parecido que Solaris es, en el fondo, una historia sobre el fracaso. No un fracaso banal, sino uno profundamente humano: el fracaso de nuestra pretensión de que el universo es legible en nuestros términos. Los científicos de la estación saben muchísimo sobre el planeta, han acumulado datos durante décadas… pero no lo entienden. Han construido conocimiento, pero no comprensión.
Y eso conecta con una de las grandes cuestiones de la epistemología porque el conocimiento no es un espejo pasivo de la realidad, sino una construcción mediada por nuestros sentidos, nuestro lenguaje y nuestras categorías mentales. Solaris no es incomprensible porque sea caótico, sino porque es otro.
Quizá por eso la película de Tarkovsky resulta tan desconcertante para quien espera una historia de ciencia ficción al uso. No hay espectáculo, no hay respuestas claras, no hay una resolución tranquilizadora. Hay silencio, hay tiempo, hay miradas largas que parecen pedirnos paciencia. Y hay una insistencia casi obstinada en que el verdadero misterio no está ahí fuera, sino dentro de nosotros.
Es posible que Solaris redefina lo que entendemos por «primer contacto». No es el encuentro con una civilización alienígena que podamos descifrar, sino el enfrentamiento con algo que no podemos reducir a nuestros esquemas. Y, en ese proceso, el descubrimiento más inquietante es que tampoco nos entendemos del todo a nosotros mismos.
Si Carl Sagan decía que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, Lem parece sugerir algo aún más perturbador, que la evidencia puede estar ahí, delante de nosotros… y aun así ser incapaz de convertirse en conocimiento. Acojonante.
Vuelvo cada cierto tiempo a Solaris, tanto al libro como a la película. Porque no me ofrecen respuestas, y porque me obligan a recordar algo que en ciencia a veces olvidamos, que conocer tiene límites. Y que reconocer esos límites no es una derrota, sino, quizá, el primer paso hacia una forma más honesta de entender nuestro lugar en el universo.
O, al menos, de aceptar que hay océanos —reales o metafóricos— que no están hechos para ser comprendidos, sino simplemente contemplados.
Sé que hay otra versión cinematográfica de Solaris, relativamente más reciente, pero esa no se quedó almacenada en mi hipocampo ni en mis redes neuronales. ;P
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Bonus: Mi edición favorita del libro de Lem es esta, por si os apetece. Y la peli de Tarkovski puede verse en Youtube con subtítulos en español.


Te lo podrás creer o no, pero cuando he leído la pregunta “ ¿Qué significa conocer algo verdaderamente ajeno, si solo podemos interpretarlo a través de nosotros mismos?” te prometo que he parado de leer y he estado pensando en ella Durante un par de minutos.
ResponderEliminarCreo que pocas (muy, muy, muy pocas) personas podrían responder a esa pregunta,
Tendré que leer me el libro o ver la película: mil millones de gracias por la recomendación dominguera :-))