domingo, 8 de febrero de 2026

Maria Winkelmann-Kirch [Una historia más de olvido a propósito del 11F]

 

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En los libros de historia de la astronomía hay una escena que se repite con demasiada frecuencia. Alguien mira al cielo, encuentra algo nuevo…, y luego su nombre se evapora. A Maria Margaretha Winkelmann —más conocida tras su matrimonio como Maria Winkelmann-Kirch —le ocurrió exactamente eso. Y lo más doloroso es que no fue por falta de talento, ni de trabajo, ni de noches en vela, sino por una razón mucho más prosaica. Nació mujer en la Europa de las academias y el machismo. Una educación «impropia» para una chica y por eso mismo excepcional

Maria nació el 25 de febrero de 1670 en Panitzsch, cerca de Leipzig. Su padre, un pastor luterano, hizo algo casi subversivo para la época, la educó con la misma seriedad que a un hijo varón. Aquella base, que incluía lectura, cálculo y disciplina, le permitió entrar por una puerta lateral al mundo científico mediante un reputado astrónomo.

Ese astrónomo fue Christoph Arnold, un observador autodidacta famoso por su habilidad para detectar cometas. Con Arnold, Maria no aprendió la astronomía «de salón», sino astronomía de verdad. Aquella que se basa en mirar, registrar, calcular y repetir. En 1692 se casó con Gottfried Kirch, astrónomo profesional. Y aquí aparece un detalle que hoy se nos suele escapar. En aquella época, una parte crucial de la astronomía era la producción de calendarios y efemérides. No eran meras hojas con santoral sino eran herramientas económicas y políticas. Un calendario bien calculado significaba prestigio, navegación más segura, agricultura mejor planificada… y también dinero, porque en Prusia y Brandeburgo el calendario podía ser un monopolio ligado a instituciones científicas.

Maria trabajó durante años como lo que los documentos llaman «asistente», palabra elástica donde las haya. Observaba, calculaba, corregía, y en ocasiones directamente sostenía el trabajo cuando su marido enfermaba. Su firma, sin embargo, casi nunca era la que aparecía en portada.

En abril de 1702, Maria realizó una observación decisiva: detectó un nuevo cometa, el que hoy se cataloga como C/1702 H1. Fue un hallazgo real, técnico, de los que exigen paciencia y ojo entrenado. Y, sin embargo, el reconocimiento formal quedó envuelto en la bruma... publicaciones con el nombre de su marido, atribuciones confusas y el viejo reflejo de la época de considerar «normal» que el crédito viajara hacia el hombre.

Lo importante, más allá del quién llegó antes que tanto nos seduce en la historia de los descubrimientos, es lo siguiente: Maria estaba en la primera línea de la astronomía observacional. No como aficionada pintoresca, sino como profesional en toda ley, aunque sin el título.

El gran golpe llegó tras la muerte de Gottfried Kirch (1710). Maria pidió ocupar el puesto de su esposo en la Academia de Ciencias de Berlín para poder mantener a su familia y continuar el trabajo. Incluso contó con el apoyo de Leibniz, que entendía perfectamente lo que valía aquella astrónoma.

Pero la respuesta fue un «no» que hoy suena a sentencia cultural. No querían sentar precedente. Admitir a una mujer no era solo contratar a una persona competente; era abrir una grieta en el muro. Y las academias, nacidas para impulsar la ciencia moderna, también ayudaron —paradójicamente— a institucionalizar la exclusión. Ese episodio está muy bien estudiado en historia social de la ciencia, no fue una anécdota, fue un mecanismo. Pero Maria siguió trabajando y publicando, a veces bajo patronazgo privado, a veces en la periferia de la institución que había ayudado a sostener. Murió en 1720 en Berlín. Tenía 51 años.


Cada 11 de febrero celebramos el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Y conviene recordarlo: no es solo un día para animar vocaciones, que también. Es un día para arreglar el pasado, porque el pasado mal contado deforma el futuro.

Cuando una niña aprende que el primer cometa importante descubierto por una mujer lleva detrás el nombre de Maria Winkelmann-Kirch, no está solo memorizando un dato, está recuperando una posibilidad. El cielo no cambia por quién lo observe; lo que cambia es quién tiene permiso para firmar el hallazgo.

Así que, si hoy levantamos la vista en una noche clara, quizá podamos imaginar aquella escena de 1702. Una mujer en silencio, tomando notas mientras la ciudad duerme, sabiendo que ha encontrado algo nuevo. Y pensar que el 11F, en el fondo, también va de eso: de que nadie tenga que descubrir un cometa —o una vacuna, o una ecuación— para que otro se quede con su nombre.

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