miércoles, 3 de agosto de 2016

La influencia de la mitología en la ciencia (35ª Parte): Éter

[Nota inicial: Se puede consultar el resto de entregas de la serie sobre la influencia de la mitología en la ciencia desde este enlace]


Éter peleando con un gigante con cabeza de león | Museo de Pérgamo

En la mitología griega Éter es la deidad que personifica el cielo superior y también el aire puro como elemento que respiran los dioses, en comparación con el aire «normal» que por el contrario inhalan los mortales. Según la genealogía de Hesiodo, Éter era hijo de Nix (la Noche) y de Érebo (la Tiniebla), y hermano de Hémera (el Día). 

En las fábulas de Higinio, Éter es hijo de Caos y Cáligo; y padre del Cielo, el Mar y la Tierra con Hémera, y de abstracciones como el Terror, la Astucia, el Miedo, la Venganza y otras muchas, fruto de su unión con su hija Tierra.

En la mitología romana, Marco Tulio Cicerón considera a Éter como el padre de Júpiter (Zeus) y Caelus (Urano).

El quinto elemento, un sistema de referencia absoluto, un grupo funcional y Ethernet

Se atribuye al filósofo griego Empédocles de Agrigento la teoría de las cuatro raíces, a las que posteriormente Aristóteles llamó elementos: el agua, principio de todas las cosas para Tales de Mileto, el fuego de Heráclito, el aire de Anaxímenes y la tierra de Jenófanes. Aristóteles añadió un quinto elemento a los anteriores. El éter, el elemento incorruptible y sin peso, de movimiento circular, más puro que los cuatro clásicos y que estaba presente en el espacio y los cuerpos celestes. El éter era la materia de la que estaba hecho el mundo supralunar. En la Edad Media se le llamó quintaesencia. 

La idea del quinto elemento de Aristóteles se mantuvo viva durante siglos, no exenta de críticas pero perduró, hasta que finalmente Galileo Galilei observara en 1609 con su telescopio las irregularidades de la Luna, con sus cráteres y montañas, que la hacían incompatible con la pureza del éter propuesto por el polímata griego casi dos mil años antes.


En el siglo XIX se produjo la unificación de dos áreas de la física que hasta entonces se las consideraba independientes. La electricidad y el magnetismo. Surgió el concepto de campo, que en un principio se creyó asociado a la existencia de un éter omnipresente y en reposo absoluto. El éter era la sustancia universal que «sostenía» los fenómenos electromagnéticos y ópticos. Los físicos del XIX creían en el éter pero necesitaban un experimento que lo demostrara. 

El experimento es un clásico de la historia de la ciencia y fue realizado en 1887 por los físicos norteamericanos Albert A. Michelson y Edward W. Morley utilizando un interferómetro, que permite medir distancias y velocidades con enorme precisión utilizando haces de luz en interacción, para demostrar la existencia de un sistema de referencia absoluto (éter). La idea era medir la velocidad relativa a la que se mueve la Tierra respecto al éter.


Con un espejo semitransparente se dividía un haz luminoso en dos haces perpendiculares que se reflejaban en unos espejos para luego volver a unirse y calibrar el equipo. Posteriormente se giraba el interferómetro. Cualquier cambio en la velocidad de la luz debería producir una interferencia entre los dos haces luminosos que podía detectarse. El experimento se realizó y repitió con un cuidado extremo pero el resultado fue negativo, no hubo cambio en la velocidad de la luz.


Se propusieron varias hipótesis para explicar el «fracaso» del experimento pero finalmente la explicación, y revolución científica, llegó de la mano de Albert Einstein con la teoría de la relatividad especial. 


En Química orgánica, el éter es un grupo funcional compuesto por un átomo de oxígeno unido a dos grupos orgánicos. Son poco solubles en agua y en general poco reactivos. Hay tres clases de éteres: sencillos, aromáticos y mixtos. Son muy inflamables y exigen un especial cuidado cuando se manipulan. 

Cuando escuchamos la palabra «éter» o alguien nos habla del «éter» normalmente la asociamos con el anestésico, aunque en realidad a lo que se refiere es al éter etílico o dietiléter. Fue sintetizado por vez primera en 1540 por el farmacéutico alemán Valerius Cordus, que lo llamó «aceite de vitriolo dulce». En 1729 el químico August Sigmund Frobenius describió sus propiedades y fue quién le dio el nombre con el que lo conocemos en la actualidad.



El uso del éter etílico como anestésico por vía inhalatoria lo propuso el cirujano y odontólogo William T. Morton a mediados del siglo XIX como alternativa al cloroformo y los opiáceos. Pero aparte de sus propiedades médicas el éter etílico fue muy popular como droga recreativa. Sus efectos eran similares a una intoxicación etílica pero más intensa y peligrosa. 


El estándar de redes informáticas Ethernet fue bautizado aludiendo al éter por Robert Metcalfe en 1973.


NOTA: Esta entrada participa en la LIX Edición del Carnaval de Química, edición praseodimio, acogido en la web de la imprescindible asociación Hablando de Ciencia.




 

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